Su mecanismo se ríe de ti, de todos nosotros. Hay que terminar con ellos, nos están contaminando con sus minutos, nos adormecen con sus cuartos, las horas nos ahogan. Créeme, tú eres pequeño y sabes menos de la vida, yo ya he pasado por muchas dictaduras de esferas y manillas que ahora estarán oxidadas.
¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo!

miércoles, 2 de diciembre de 2015

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" POR JAVIER VELASCO OLIAGA

“Relojes muertos” de Eva María Medina

Inauguramos el año 2015 con una novela que aparece en el albor del año. Que aparece como lo hace el sol en una playa paradisiaca que bien podría ser la de Ákaba, de la que toma el nombre la editorial en que se publica “Relojes muertos”, la primera novela de la escritora madrileña Eva María Medina. Una obra alejada de los cauces comerciales que tan bien controlan los editores Noemí Trujillo y Lorenzo Silva, en un proyecto con el que quieren dar a conocer a escritores con talento.

Pese a ser la primera novela de Eva María Medina, esta filóloga no es una recién llegada a la publicación de obras. Ya tiene un libro de relatos de su autoría y un par de ellos en colaboración, además de haber publicado en diversas antologías y en revistas. El cuento es un estilo que controla a la perfección la autora que con Relojes muertos trasciende a la novela, algunos podrían definirla como corta. Pero una novela es la obra que, tenga la extensión que tenga, siempre cuenta lo que ha querido contar el autor. Y esta novela tiene la dimensión justa.

Relojes muertos, que toma el nombre de un cuadro de Salvador Dalí, aborda el tema de la locura, una cuestión espinosa en la literatura, donde se han compuesto obras maestras pero no en exceso. La locura siempre es un tema difícil de abordar y polémico que puede herir ciertas sensibilidades y que nos hace enfrentarnos de una manera distinta al mundo de vivimos y conocemos porque el “loco” tiene una percepción distinta a lo que vemos y vivimos. Gonzalo, el protagonista de la novela, cruza la frontera de la locura por medio de los sentimientos, pero también de forma onírica, dando una dimensión diferente al relato.

Quizá todos estemos un poco locos o tengamos rasgos con los que cruzamos los dos mundos, de los infinitos que pueda haber. Muchas veces nos sorprendemos al leer noticias o verlas en televisión sobre personas que han matado a familiares o vecinos por el ruido causado por una televisión o por un equipo de música. Eva María Medina pone algunos ejemplos en Relojes muertos. Un ruido puede ser agobiante cuando rompe la intimidad de un hogar, de una casa, de un refugio. Ese ruido puede hacernos sentir que nos violan nuestro espacio vital, y ese ruido se puede incrustar en nuestra cabeza llegando a volvernos locos. Como locos nos pueden volver el tic-tac de un reloj oído hasta el infinito. El protagonista huye de esos ruidos, pero también de esos otros que tiene incrustados en su mente.

Eva María Medina escribe en primera persona y usurpa la personalidad de Gonzalo Márquez para escribir desde una perspectiva masculina, con el riesgo y dificultad que supone ponerse en la perspectiva del género contrario. Una dificultad añadida que la autora resuelve, no sólo con solvencia, sino con atrevimiento y originalidad, dando a la narración una pátina de complementariedad y visión aún más global de lo que normalmente se da.

Relojes muertos tiene dos partes claramente diferenciadas que más o menos coincide con la mitad del libro. En la primera, nos encontramos una novela muy descriptiva y actual donde nos cuenta el proceso de la enfermedad en el hospital después del ingreso del protagonista y cómo se desenvuelve en ese mundo hasta que le dan el alta y consigue rehacer su vida con Ángela, a la que conoce por mediación de un amigo en esas habitaciones de hospital que nos va mostrando con pulso firme y enriquecedor. Un mundo agobiante y cerrado.

En la segunda parte, el mundo físico y cotidiano, deja paso a otro onírico donde las percepciones subjetivas del narrador se van abriendo paso en la narración. Aquí la narración toma una dimensión diferente y la realidad se va conformando como un todo único donde no sabemos dónde empieza una y dónde acaba la otra. Si la primera parte también tenía un componente agobiante, en esta ya se lleva hasta sus últimas consecuencias.

Lo agobiante deja paso a la destrucción sistemática del protagonista. Estamos ante una novela donde el deterioro mental del protagonista se hace patente. Gonzalo se va deteriorando, como se va deteriorando su relación con Ángela, con sus compañeros de trabajo, con su mundo. Un deterioro progresivo que llega a una destrucción total de un mundo subjetivo.

Eva María Medina ha escrito una novela donde la literatura es su leit motiv. Se recrea en la fuerza de la escritura llevándonos a un mundo onírico y destructor. Precisa y concisa nos muestra un mundo interior que no nos gusta hurgar ni enfrentarnos a él. Ella lo hace dándonos un relato que cada vez es más duro pero también más literario.


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miércoles, 25 de noviembre de 2015

PRÓLOGO DE "RELOJES MUERTOS" POR JUAN MANUEL DE PRADA

Prólogo

por Juan Manuel de Prada

Tuve la inmensa suerte de conocer a Eva Medina en un curso de literatura, en Santander, en el que oficié de profesor; ella fue la alumna más inquisitiva y perspicaz, la más clarividente y azuzadora de la curiosidad. Enseguida me di cuenta de que tenía una vocación de caballo; impresión que confirmé cuando tuve entre mis manos esta novela,  Relojes Muertos. Antes de zambullirme en su lectura, sin embargo, no podía imaginarme que me hallaba ante una obra excelente que me iba a permitir adentrarme en los tortuosos caminos de la locura, en los vericuetos de las vidas atroces de unos personajes marcados por la tragedia y empeñados en liberarse de sus tribulaciones personales, aunque, como ya nos dijo Cioran, cuando el hombre no puede liberarse de sí mismo se deleita devorándose.
La autora no ha necesitado de una obra voluminosa de páginas y de erudiciones para tejer una urdimbre compleja en torno a unos personajes que desde el principio se nos antojan tan cercanos como nosotros mismos, logrando una especial amalgama entre la realidad y la locura y arrastrándonos inevitablemente en el torbellino de la existencia del protagonista, marcada por la esquizofrenia, pero también por el anhelo de buscar un motivo que justifique y dé sentido a su azarosa y atormentada vida.
El protagonista de Relojes Muertos aborda con inquietud, pero también con ilusión, su vuelta al mundo real, pero quizá el único mundo real en el que él puede desenvolverse es aquel que ha dejado atrás, el mundo del hospital en el que ha estado internado. Afuera, en el mundo de los mal llamados seres cuerdos, nada va a ser real para él porque el protagonista no puede interpretar correctamente esa realidad que el mundo le ofrece. Él necesita revivir su pasado, pero la vida le niega toda posibilidad: sólo puede rememorarlo, como cuando piensa en Sara, aquella mujer que desapareció, según le cuentan los maliciosos, el mismo día en que él fue ingresado en el hospital, con las manos manchadas de sangre; Sara, cuya vida conocía y vivía junto a ella en su perturbada imaginación a través de los itinerarios que le sugerían los movimientos de su cuenta bancaria, que él rastreaba incansablemente; pero ahora Sara ha desaparecido y no puede encontrar su rastro ni en las páginas de sucesos ni en las esquelas que se afana minuciosamente en desentrañar, por si alguna de ellas contuviera alguna clave que sólo él, en su delirio, pudiese advertir.
Ni siquiera el amor de Ángela, a la que conoció en el hospital, va a poder proporcionarle una vida real que lo libere de los recuerdos de su vida pasada, porque lo que verdaderamente quiere el protagonista es poner en el rostro de Ángela el rostro de otras muchas mujeres, las mujeres de su vida pasada, reales o ficticias, y hacerle los mismos regalos que soñó hacerles a alguna de aquellas mujeres, como aquel que tenía especialmente reservado a Sara, ese baúl que dejó pagado y que nunca retiró de aquella tienda que ya no recuerda, y que ahora tiene que localizar en un dédalo de calles acompañado de Sara, porque él sigue viendo a Sara, paseando con Sara, comiendo con Sara, y cuando localiza la tienda el baúl presenta una fisura que después se irá agrandando y extendiéndose progresivamente a todo su ser, a su propia vida, a la vida de Ángela y a cuanto lo rodea, y que amenaza inevitablemente con engullirlo.
El tiempo del protagonista es el tiempo de los relojes muertos que pueblan la novela. Un tiempo parado que no puede conducirnos a futuro alguno, ni devolvernos al pasado, pero al que esperamos con la vista clavada en unas manecillas que ya jamás se pondrán en marcha para medir unas vidas que nunca volverán a ser nuevas, sino una repetición de aquellas otras que en realidad no hemos abandonado, porque nos tendrán sujetos a ellas de por vida. Los personajes que pueblan la novela de Eva Medina nos asustan y a la vez nos enternecen, porque se aferran con uñas y dientes a aquello que amaron y que su locura no ha podido borrar, o, por mejor decir, no se ha borrado de sus corazones porque su locura los amarra a ese tiempo que ya no miden los relojes averiados de la realidad. Su existencia consiste en una búsqueda de sucedáneos que les permitan seguir disfrutando del tiempo pasado, de ese tiempo detenido en las manecillas del reloj de sus respectivas vidas. Así Herminia, la viejecita huérfana de hijo, que en su bendita locura se inventa hijos a los que adoptar, aunque sea visitando hospitales o a través de fotografías apócrifas, para poder mantener viva la llama del hijo que se fue. O ese viejo varado ante el reloj de pared, que habla con él porque imagina que su mujer muerta habita entre sus engranajes detenidos, esperando que su mujer vuelva a la hora que marcan las manecillas inertes, aunque esa hora ya no llegará jamás. O Gregorio, su amigo del hospital, con el que tantas y tantas veces evocaba a Kundera, a propósito de sus respectivos y desgraciados amores; Gregorio, que en sus delirios etílicos no sabe qué curso ha de dar a su vida, si abrir un bufete o volver a ser funcionario de hacienda, aunque no pueda hacer ninguna de las dos cosas porque ni siquiera pasó por la universidad.
Eva María Medina construye esta prodigiosa novela con una prosa escueta, concisa, sin alharacas ni elucubraciones, que huye de la escritura previsible y de falsas erudiciones, pero que es hasta tal punto eficaz que nos mantiene en vilo durante la lectura de esta novela corta pero no menos apasionante, que demuestra a las claras la enorme capacidad de la autora para sumergirnos en los lóbregos pasadizos de la esquizofrenia y para crear en sólo ciento cincuenta páginas la historia entrecruzada de unos personajes de inabarcable y tumultuosa complejidad. Logro que pedimos a Eva María que repita, a ser posible incansablemente, mientras le resten fuerzas, para depararnos en el futuro la oportunidad de seguir disfrutando —de seguir estremeciéndonos— con sus historias, tan personales, tan infrecuentes, tan literatura en estado puro.


































































































































Enlaces: http://playadeakaba.com/?q=obras/relojes-muertos
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miércoles, 18 de noviembre de 2015

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" POR PEDRO M. DOMENE

I
Ingenio
“El ingenio consiste en apreciar el parecido de cosas que difieren entre sí, y la diferencia de cosas entre sí iguales”.
                                                                Madame de Staël 
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Relojes muertos


   Eva María Medina (Madrid, 1971) entrega su primera novela, Relojes muertos (2015) y, desde las primeras páginas, se percibe un firme pulso narrativo que nos sumerge en un extraño mundo, sus personajes viven entre una realidad inmediata y el abismo de la locura, una suerte de auténtico torbellino vital con una existencia marcada por la esquizofrenia, y el deseo único de otorgar sentido a una mísera vida.

  La narradora madrileña ha arriesgado mucho en su primer proyecto extenso, y abordar el tema de la locura resulta una apuesta interesante que recuerda a ilustres antecedentes, que no son necesarios cuantificar, aunque en una primera impresión, deberíamos matizar, Medina sale airosa, y en ese puzzle de imágenes y metáforas que componen Relojes muertos sobresale el hilo narrativo, y un profundo halo de humanismo deja un buen sabor de boca a la hora de avanzar por sus páginas. La vida del protagonista Gonzalo se concreta en una serie de vivencias y actuaciones que se mezclan en su existencia, y pasan de una absoluta cordura a una autentica locura en sus actuaciones y sucesivas opiniones; pese a todo, el personaje, aflora como alguien inteligente capaz de sobrevivir tan solo en la vida de los demás, sin llegar a intensificar el significado de la suya propia, y así será capaz de imaginarla sin que por ello ponga remedio alguno. Es así como, tal vez, cierto sector de la sociedad vea a algunos individuos, y solo cuando alguien se interese por nosotros, justificamos nuestra presencia, caso de Ángela, quien sustenta la vida de Gonzalo, le otorga credibilidad y da los primeros pasos para convivir juntos y otorgarle un sentido a su vida. Aunque a medida que transcurre el tiempo, el personaje irá encerrándose aun más en su mundo, se convierte en alguien intransigente y violento y parece vivir en ese mundo de los sueños, donde todo parece real aunque desaparece cuando uno despierta.  

   El resto de la historia muestra a unos personajes que viven las misma histeria, y sin duda la alusión a “relojes muertos” se deba precisamente a que se comportan como tales, viven en una atormentada irrealidad marcada por un relojes que ya no marcan las horas, o les llevan solo a imaginar y nunca consiguen alejarse de una tragedia obsesiva que condiciona sus vidas y nunca les permite alejarse del sinsentido de una locura colectiva. Como en la novela, en nuestra lectura nos vamos deteriorando, al igual que su protagonista, Gonzalo que irá viendo como se aleja de Ángela, de sus compañeros del trabajo y de su pequeño mundo, en un progresivo deterioro que terminará por destruirlo totalmente. Y solo así comprendemos y diferenciamos las dos posibles partes de Relojes muertos, una novela ambiciosa y compleja, una primera cuando se describe el proceso de la enfermedad y de su estancia hospitalaria con su vuelta a un mundo que le resulta ajeno, y la segunda, esa realidad cotidiana donde el mundo del ensueño y las percepciones subjetivas se abrirán paso para ensayar una narración diferente que, no obstante, oprime aun más la voluntad del narrador y, al mismo tiempo, la del lector, aunque de esa curiosa simbiosis resulta lo mejor de la novela.


 










RELOJES MUERTOS
Eva María Medina
Madrid, Playa de Ákaba, 2015




martes, 17 de noviembre de 2015

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" EN "SUPLEMENTO DE LIBROS"



Reseña y crónica de la presentación en FNAC en la revista mexicana «Suplemento de Libros» de la novela de Eva María MedinaRelojes muertos (Playa de Ákaba, 2015).

Relojes muertos es un thriller psicológico “con una intensidad a veces poética. En este libro hay una voz que se construye con la síntesis, la elipsis y con la intensidad. Es un desafío por la historia que tiene entre manos por esa desnudez y renuncia a recargar el texto de elementos”, por lo que, en palabras del editor, resulta un debut pertubador.


Puedes leer el resto de la reseña en el enlace que sigue.





lunes, 16 de noviembre de 2015

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" EN LA ORILLA DE LAS LETRAS

Reseña de RELOJES MUERTOS, de Eva María Medina

Título: Relojes muertos
Autora: Eva María Medina
Edita: Playa de Ákaba
Páginas: 165
Precio: 15 € / 1,99 € (epub)

¿Qué lleva a una persona tranquila, con una vida corriente, a acabar en un psiquiátrico? ¿Y qué la hace salir cuando no se puede decir que esté del todo curada? ¿Podrá esa persona volver a la sociedad que dejó con normalidad? ¿Qué impedimentos externos e internos encontrará para ello? ¿Responderá a todas estas preguntas Relojes muertos, la novela de Eva María Medina publicada por Playa de Ákaba de la que pienso hablarte a continuación? 
Tras un tiempo ingresado en un psiquiátrico, Gonzalo vuelve a su casa con la intención de retomar su vida donde la dejó antes del ingreso. Sin embargo, Gonzalo no está del todo curado, y aunque intenta mantener una buena relación con Ángela, alguien a quien conoció en el psiquiátrico (sin ser ella una paciente), comportarse con normalidad en el banco en el que trabaja, etc, no lo consigue. Pronto descubre, además, que hay ciertas lagunas en su memoria. ¿Qué pasó con Sara, la chica que tanto le gustaba antes de que él cayera enfermo? ¿Tiene su desaparición algo que ver con su ingreso en el psiquiátrico? ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar Gonzalo para averiguarlo?
Gonzalo es un hombre tranquilo y sencillo que acaba en un psiquiátrico, lugar en el que permanece durante unos meses. A lo largo de su historia, se nos insinúa que la causa de su ingreso ha podido ser
una depresión. Pronto, no obstante, nos damos cuenta de que a Gonzalo le ocurre algo más. Además, Gonzalo, lejos de salir curado del hospital, lo hace con una visión tan diferente de la realidad como la que tendría antes de su ingreso. Una visión interesante, pero también caótica y desconcertante con la que viajaremos a lo largo de todo el libro.  
Gonzalo vuelve a casa acompañado de Ángela, la amiga de la novia de otro interno del psiquiátrico. Con ella comienza una relación amorosa que no acaba como Gonzalo espera. Así, Ángela pasa de la noche a la mañana de ser su verdadero amor a convertirse en una bruja, de la que no sabe cómo deshacerse. ¿Será por la rutina, como él quiere creer, o por el recuerdo de Sara, una mujer de la que Gonzalo estuvo enamorado antes de acabar interno? Pero, ¿qué es lo que ha pasado con Sara? ¿A dónde ha ido? ¿Dónde está? 
El otro interno del que hablaba antes es Gregorio, un personaje que merece destacar, pues si poco se entiende que le hayan dado el alta en el psiquiátrico a Gonzalo, menos aún a Gregorio. Gregorio tiene muchos problemas, y Gonzalo ve poco a poco que su amigo no podrá cambiar jamás fuera del hospital. Lo que no quiere ver Gonzalo es que a él le pasa algo parecido, que sus “locuras” se parecen demasiado, hasta el punto de confundirse. 
Gonzalo es el único narrador de esta delirante, claustrofóbica (en cuanto a lo de estar encerrados, mientras leemos, en el mundo de Gonzalo se refiere), a la par que cinematográfica historia. Su forma de expresarse, su vocabulario, sus metáforas, son propias de una persona que ve el mundo de una forma muy diferente al resto de los componentes de la sociedad. El ritmo de la narración va in crescendo. Para mí, sin duda, lo mejor viene de la mitad del libro en adelante, hasta llegar a un final caótico, confuso, lleno de incógnitas resueltas y otras por resolver, que nos hace entender que Gonzalo no va a cambiar por más que lo intente. 
Y de fondo, siempre de fondo, extraños relojes que captan la atención del protagonista. ¿Por qué están ahí? ¿Qué mensaje ocultan? ¿Quizá tengan alguna relación con el final de la historia? Tendrás que leerla para averiguarlo. ¿Te atreves a adentrarte en el mundo de Gonzalo? 

Cristina Monteoliva

Puedes comprar el libro en: https://www.elcorteingles.es/libros/libro/relojes-muertos-9788416216253

viernes, 13 de noviembre de 2015

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" EN RETALES COLOQUIALES

Eva María Medina Moreno (Madrid, 1971) acaba de publicar su primera novela, Relojes muertos (Playa de Ákaba, 2015): la extroversión de un ezquizofrénico en la introspección de una sociedad animal, no acorde a la locura.


“Hay una especie de reflejo automático 
en eso de hablar de la muerte 
y mirar en seguida el reloj” 
(La Tregua, Mario Benedetti)

Eva María Medina es licenciada en Filología Inglesa por la Universidad Complutense de Madrid. Autora del libro de relatos Sombras (Editorial Groenlandia, 2013), y coautora de Relatos en Libertad (Editado por Anuesca, 2014) y de Letras Adolescentes (Colección Especiales, Editorial Letralia, 2012). Ha obtenido diversos premios literarios por sus cuentos, que han sido publicados en distintas revistas literarias, españolas y latinoamericanas (Letralia,OtroLunesCinosargoEntropíaAlmiarNarrativas...), y en diversas antologías. La revista La Ira de Morfeo editó un número especial con algunos de sus relatos. Relojes muertoses su primera novela. En la actualidad está ultimando la escritura de su segunda novela, Asesinos de palomas.

Esta información, de la solapa, me recuerda el momento en que conocí a E. M. M. M. (sus siglas ya invitan a la reflexión) en Santander, hace un par de años, en un curso cuyo título ya presagiaba lo que ahora edita Playa de Ákaba: “Cómo se escribe un buen texto”. Seguramente lo último que hay que hacer para escribir un buen texto sea ir a clases de este tipo. Alicia Giménez Barlett decía el viernes en el #CadaCual2015del ADDA que “lo que hay que hacer para escribir un buen texto es leer”. Y en Relojes muertos se aprecian las lecturas de Eva: referencias literarias (La náusea, de Jean Paul Sartre; La transformación, de Kafka o La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera), musicales (desde Ella Fitzgerald y Louis Armstrong a AC/DC), escultóricas (como las muñecas “Kachina”) y pictóricas (“Xaime Naveira”).

Un ejemplo de la conjunción de estas artes ‒de estos sentidos, de donde beben los dalinianos relojes de Eva‒ es el siguiente plato:

El olor a mar y a pimentón me hizo bajar la mirada. El violeta y blanco del molusco, el amarillo de los cachelos, los granos transparentes de sal gorda, el granate del pimentón y el brillo verdoso del aceite de oliva. Todo esto sobre una tela de madera. Me agaché para subirme unos calcetines inexistentes y sonreí pensando en lo que hacía la costumbre, como aquellas personas que, después de haberse operado para quitarse las dioptrías, seguían subiéndose las gafas (57).

El verano pasado vi a Eva Mª participar en el curso “Literatura y locura: los límites habitables” que organizó Raúl G. Gómez en la UIMP, e intuí que los relojes muertos estaban en funcionamiento (dos veces al día, como mínimo)[1].

¿Cómo puede reaccionar quien lee Relojes muertos? Eva nos da una pista: sonriendo «lúcida, retraída, descabezada, escénica[mente]» (136). Hagan como Gonzalo, el protagonista: si el número de palabras de esta frase es par, arriesguen(se).

El editor Lorenzo Silva acompañó a la autora (Eva María Medina Moreno) y al prologuista (Juan Manuel de Prada) en la presentación del libro, que se celebró hace un mes en Fnac Callao:



Lorenzo Silva destacó entonces la voz (que no el estilo) de Eva, como una forma de narrar el ritmo, los paréntesis y las imágenes (la novela está repleta de fotogramas) que caracterizan a los personajes, logrando así atraer a quien lee o escucha (porque Relojes muertos merece la oralidad).

Juan Manuel de Prada prologa a Medina Moreno del siguiente modo:

Los personajes que pueblan la novela de Eva Medina nos asustan y a la vez nos enternecen, porque se aferran con uñas y dientes a aquello que amaron y que su locura no ha podido borrar, o, por mejor decir, no se ha borrado de sus corazones porque su locura los amarra a ese tiempo que ya no miden los relojes averiados de la realidad (13).

Además del cuestionamiento (in)humano, de la adaptación social, de la locura, del tiempo, de la muerte y de la riqueza de la cotidianidad, Eva cultiva el erotismo; pero no una atracción sensual y utópica, sino real y esquiva:

Ahora veía más. Las yemas de los dedos, pequeñas linternas que iluminasen algo que solo el tacto pudiera ver. Ese lunar algo abultado del muslo. Los huesos de los dedos de las manos, la piel del talón, los pelos cortos y suaves de los pechos; y esa verruga en la tripa, muy cerca del ombligo (67).

¿Por qué ocultamos el lunar o la verruga? Estamos constantemente cubiertos de pensamientos que (nos) acaloran: «¡Imposible huir de los cubos! Vivíamos metidos en ellos, dentro de otros mayores. Íbamos de casa a la farmacia, al bar, a la oficina, en el interior de autobuses, coches y metro. El metro era la gran muñeca rusa y Dios, quien movía las piezas» (146). Estas inquietudes humanas, que a todos nos envuelven, son domésticas:

Los pensamientos flotando en una materia extraña, algo pegajosa, que va cerrando posibles salidas a nuevas ideas. La madera de los muebles se estira, se oye la carcoma, el cemento entre baldosas se dilata, las cucarachas salen de los desagües, aplastan su cuerpo, metiéndose por debajo de las puertas. La televisión, que parece dormir, hace el ruido del descanso, respirando lo trabajado. Algún papel se abre, desperezándose. Las bombillas se liberan del calor acumulado. Y una gota cayendo, el grifo mal cerrado de la cocina, se une a otra del lavabo. El ruido metálico del fregadero, junto con una caída más suave, algo más acuosa. Cerámica del lavabo, acero de la pila, cerámica lavabo, acero pila. Cierro grifos. Los ruidos cesan, hasta que ese papel que parecía desperezarse ahora cruje, liberándose de esa forma que le he dado (148).

Y aquí es donde ‒sobre todo‒ disfruto cuando leo a Eva (como Millás) analizando la realidad, respondiendo a las llamadas de los objetos. Y digo “sobre todo” porque también me inquieto, me incomodo y me pregunto. ¿El qué? No importa. Lo crucial es pensar en lo distinto o plantearse por qué hay diferencias. Relojes muertos consigue lo más difícil: sentir(nos).


ANIMALES EN RELOJES MUERTOS

Llama la atención, entre otras muchas virtudes de Relojes muertos, la presencia animal (en el mejor sentido de la palabra ‒si es que tiene otros). A continuación recogemos los símiles con los que Eva Mª Medina ilustra las sensaciones de ansiedad, nerviosismo, náusea, transformación...; no porque Eva no despliegue otros registros o porque queramos desvelar el texto o analizar la novela, sino porque, en nuestra opinión, Eva lo borda especialmente con esta técnica, y quizá esta atracción-selección que nos surgió con la lectura sirva para destacar el principal logro de Relojes muertos: empatizar con la locura ‒más presente y menos peligrosa de lo que creemos. 

«Toqué los brazos del sillón, rodeándolos con mis dedos, aferrándome al material; esa superficie pinchaba, como los pelos fuertes y duros de un jabalí disecado» (29).

«Al echarse el rímel abría la boca como pez fuera del agua. En la ventana del vagón vi mi sonrisa» (32).

«Luego estuvimos en silencio, hasta que toqué sus hoyuelos y el exterior pareció nublarse, despertándose en mí esa parte animal que no pude acallar. [...] Fui a la cocina. Me costó beber agua. Miré por la ventana. Oscuridad sucia, de ciudad. Me vi como ratón, dando vueltas y vueltas a una rueda interminable, infinita» (49).

«Me sorprendí al verme acuclillado hablándole a una paloma, animal que me repugnaba. Al levantarme pensé si no me estaba volviendo imbécil. Hablar con una paloma, me regañaba una parte de mí[2]. [...] El ruido de un bar me hizo arquear los dedos de los pies, ir más despacio y agudizar los sentidos, como hacen los depredadores cuando descubren una víctima cerca» (54).

«Observé el trasiego de la gente. Entraban y salían de las tiendas como hormigas en sus hormigueros[3]. Sin bolsas, con bolsas, con más bolsas» (67).

«Me costaba trabajar, algo maligno parecía anidar en mi cuerpo, extendiéndose como tela de araña, de forma suave pero pegajosa, que se ramificaría hasta recubrir cada órgano, como tumor que se apodera de las células debilitándolas» (73).

«En mis ojos se repetían las muecas de los compañeros. Yo era el plancton y ellos los peces que me rodeaban, picoteándome. Empecé uno de esos diálogos en los que solía enredarme escindiéndome en dos [...]» (76)

«Analizar el concepto de familia relacionándolo con lo que para cada uno es una familia: animales, amigos, comunidad religiosa» (77).

«Los vivos respirando a sus muertos, sin poder hacer nada, conscientes de que habían dejado de ser humanos, de que ahora eran animales aferrándose a una supervivencia enfangada» (78).

«Oigo risas, pero no veo a nadie. Solo un gato pardo en el tejado. Siempre había pensado en los gatos como seres de otro mundo que revelan nuestro destino. Quizá este animal tenga algo que decirme» (79).

«Ahora los dementes daban vueltas alrededor, como perros sabuesos en busca de su presa» (85).

«Luego recitaría los versos, una, dos, seis veces, arrugando la tela de la mesa camilla y viendo en el espejo su cara, llena de huesos; tan animal, tan estúpida» (86).

«A los pocos minutos, la lluvia cesó. Observé cómo las nubes iban perdiendo ese tono morado, casi negro, y cómo se desligaban unas de otras. Los coches me recordaron a insectos después de una tormenta. El mismo nerviosismo. Como si se hubieran transformado en esas hormigas desquiciadas que iban de un lado a otro, aumentando la velocidad sin saber bien si torcer a derecha o izquierda» (92).

«El encontrarme de frente con esas malditas palomas, y que una de ellas me persiguiese hasta la boca del metro no podía ser peor señal» (100).

«La sentí distinta. Nos besábamos como dos peces que se atacan arrancándose la carne» (101).

«Le di vueltas a su manera de actuar. Iba poco a poco, mordisqueando como las hormigas» (106).

«Unos ojos que se abrían a la luz exhibiendo unas láminas finas, carnosas, como escamas de pez; trozos filamentosos que, según diera la luz, podían ser afilados, punzantes» (107).

«El cabello, que al principio había parecido de un rubio sucio o un castaño desvaído, es en realidad de varios colores, rojo, amarillo, castaño y negro, y cada hebra pasa bajo la luz por una serie de tonalidades, como el pelo de un perro» (108).

«[...] o en el andar de ese hombre, como cangrejo asustado» (117).

«[...] dormía. Me pareció una ameba gigante, con esa envoltura de la sábana. Imaginé cómo iba desplazándose, por el armario, la cómoda; rodeando la cama con su cuerpo pegajoso. Sus brazos, caídos. Su piel, blanquecina. ¿Cómo no me había dado cuenta?» (119).

«Aguantaba, aguanté, hasta ponerme encima de ella y penetrarla. Parecía un animal al que acaban de desenjaular» (121).

«Al entrar en el metro, me vi desde fuera. Bajaba las escaleras de un modo mecánico. Los demás lo hacían igual. Éramos ratones, dando vueltas y vueltas a una rueda interminable, infinita» (125).

«Mientras pensaba en esto, volví mis ojos hacia los zapatos. Parecieron transformarse en dos cuervos, uno picoteando al otro» (126).

«Mis ojos: los de un perro al que acaban de regañar y no se atreve a mirar a su amo» (144).

«Me adentro. Veo láminas acuosas, como escamas de pez abiertas, que se abren ampliando haces; [...]» (154).

«[...] me mira como se mira a un perro que, después de haber desaparecido, vuelve llagado» (157).

«Estoy en cuclillas. Las rodillas me duelen, las piernas me hormiguean» (162).




[1] Espero no abusar de las citas a la primera novela de Eva, pero creo que estas explican directamente qué aporta Relojes muertos a la literatura y a la sociedad.
[2] ¿Presagia esto la próxima novela de Eva Mª Medina, Asesinos de palomas?
[3] Sorprende la frecuencia con la que se alude a las hormigas, del mismo modo que ocurre en la reciente poesía mexicana (en autores como José Emilio Pacheco, Enzia Verduchi o Vicente Quirarte).

martes, 10 de noviembre de 2015

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" EN LA VIDA EN SORBOS

Norma de un buen Club de Lectura es elegir entre sus lecturas a los nuevos escritores. Leer y comentar sobre obras consagradas de la literatura, está bien como proceso de aprendizaje, pero leer y comentar sobre obras recién estrenadas, sobre autores jóvenes que están empezando a darse a conocer, es otra cosa, es contribuir a dar forma a la obra, a configurar la imagen del autor.  Por eso me gusta tanto el club de los 1001 Lectores, que ha elegido como lectura del mes de mayo la novela “Relojes muertos” de Eva María Medina (Madrid, 1971). 

No tenía ninguna referencia, ni tan siquiera me molesté en leer de qué iba. Sin embargo voté por esta obra porque me pareció sugerente. Eva María Medina ha sido muy valiente. Según he podido saber a posteriori escuchando alguna entrevista (pulsar aquí), Eva llevaba mucho tiempo con este personaje dando vueltas en su cabeza. Provenía de un relato breve que hizo hace unos años y que notó que se le quedó corto, que necesitaba desarrollar en mayor profundidad. Meterse con Relojes muertos, su primera novela, en la mente de un enfermo psiquiátrico y además de un sexo contrario al suyo es de valientes porque no todos los lectores probablemente lleguen a valorar el ejercicio y quizás sean muchos los que no lo entiendan. Eva sin embargo lo hizo y es de halagar.

“Relojes muertos” es un viaje en espiral a través de los ojos de Gonzalo. Un viaje que empieza el día que abandona el psiquiátrico donde había sido ingresado, un lugar donde hay otros enfermos como él, Gregorio, Inma, Ángela,… personajes sin pasado y casi sin futuro, sólo habitantes de un tiempo presente, estático. A partir de ahí empieza a pintarse ese escenario de horas muertas, una atmósfera claustrofóbica que se vuelve mayor aún a partir del momento en que Gonzalo decide no tomar su medicación. En ese momento, realidad y “no realidad” (que no ficción) se entremezclan de un modo caótico y el protagonista empieza a vivir en un mundo al que intenta volver pero del que también necesita huir. 


Hablar de “relojes muertos” es hablar de su protagonista. El resto de personajes son planetas orbitando alrededor de él, no están definidos, los vemos cambiar porque los vemos a través de los ojos inestables de Gonzalo, mezcla de pasado y presente. Así busca y llega a encontrar en Ángela rasgos de Sara (a pesar de que no se parecen en nada), una chica que tuvo una relación con Gonzalo antes de ser ingresado y que desapareció misteriosamente. Gonzalo  busca a Sara en los rasgos de Ángela, pero también en obituarios de periódicos o lugares comunes que transitó con ella. No la encuentra, no entiende por qué necesita buscarla, no entiende por qué no la encuentra, reacciona con violencia revelándose contra ese mundo al que ha vuelto que es un puzzle al que le faltan piezas. Su posición en estas circunstancias es de escrutador de lo que le rodea, siempre en guardia, interpretando la realidad para lograr que todo encaje. Cansado, muy cansado vivir así, casi imposible. 

“El tiempo parece amplificarse, cobrar fuerza. Cada minuto me duele, retumbándome en las sienes”

Cada minuto, el mismo minuto, unas manecillas paradas, un tiempo muerto. Quizás eso es lo que necesita Gonzalo, tiempo muerto y luego seguir, pero la vida no es así, por suerte.    

sábado, 24 de octubre de 2015

CRÍTICA DE "RELOJES MUERTOS" POR CARLOS MANZANO



 Ya he comentado en más de una ocasión la enorme satisfacción que me produce encontrarme con narradores nuevos, o al menos desconocidos para mí, cuyas obras presentan una solidez más que notable. En este caso, sin embargo, la sorpresa es relativa, pues ya había leído varios relatos de su autora. Pero la lectura de su primera novela, “Relojes muertos”, me ha descubierto a una novelista sagaz, ágil, competente y sutil, que merecería mayor atención por parte de los buenos lectores de literatura. 

Con su primera novela, Eva María Medina se adentra en los recovecos de una mente trastornada, y lo hace con total honestidad, sin concesiones de ninguna clase al lector perezoso y acomodado. Lo que se cuenta está en la mente del protagonista, nosotros como lectores solo accedemos a la realidad (o a lo que se entiende comúnmente como realidad) a través de esa mirada alienada y perdida. Los personajes que van apareciendo en sus páginas solo tienen entidad en la medida que el protagonista se la confiere. No tiene sentido preguntarse qué es verdad y qué simple construcción mental, porque en este caso Gonzalo, el protagonista, y nosotros, lectores, formamos un mismo ente, compartimos una misma mirada, lo que convierte la narración en una apasionante aventura donde la apariencia de las cosas se va reinventando continuamente. 

En resumen, una excelente novela que nos descubre a una magnífica novelista con una manera muy personal de enfrentarse a la escritura.

Enlace: https://www.goodreads.com/book/show/24013017-relojes-muertos

viernes, 23 de octubre de 2015

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" EN CLUB 1001 LECTORES


Título: Relojes muertos
Autor: Eva María Medina
Nº de páginas: 165
Edita: Playa de Ákaba
ISBN: 978-84-16216-25-3

Al finalizar Relojes muertos las manecillas de mi reloj se quedaron paradas. Leí la novela casi del tirón y en cierto modo quedé noqueado. No sé si fue el instinto de supervivencia o mi incondicional afecto por «Los soprano», lo cierto es que tamborileaba en mi cabeza aquella mítica frase del bueno de Gandolfini: «hasta un reloj parado da la hora exacta dos veces al día». En cualquier otra ocasión me hubiera animado más, pero tras vivir en la mente de un esquizofrénico, empezaba a asimilar esa canción de Sabina que decía que «no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca, jamás, sucedió».

 Gonzalo Márquez, protagonista principal y narrador en primera persona de Relojes muertos, padece esquizofrenia. Hombre culto que ha bebido de la obra de Kafka, Neruda, Delibes, Kundera o Pedro Salinas, comienza la narración de la novela durante sus últimas horas en el psiquiátrico donde está ingresado, para regresar en breve, tras recibir el alta médica, al mundo exterior con la esperanza de comenzar una nueva vida.

Excesivamente observador, la vuelta al hogar y a su antiguo puesto de trabajo le llevan a escrutar el territorio, «Todos los objetos estaban en su sitio. Las paredes no se habían movido», un campo de acción que reconoce, pero en el que se siente ajeno, fuera de lugar. Intenta adaptarse, pero los recuerdos e imprecisiones van minando progresivamente su pensamiento, formando el caldo de cultivo adecuado para el rebrote de la enfermedad, universo donde convergen el resto de personajes de la obra. Producto de su estancia en el sanatorio conserva la amistad trabada con el alcohólico Gregorio, los recuerdos de Herminia, cuya presencia de su hijo muerto percibe con vida entre los pacientes, y a su nueva pareja, Ángela, con quien comparte cama y mantel. Podrían ser pilar sólido para un nuevo comienzo, pero pronto comienzan a surgir en su mente las imágenes de su amiga Sara, cuyo recuerdo impreciso previo al internamiento le vinculan con unas manos ensangrentadas que no acaba de entender y le anclan angustiosamente al pasado. Junto al mimo del Retiro y uno de sus vecinos del que imagina conversaciones con un reloj de pared, conforman un grupo de personajes que laten al compás del tiempo perdido, en anhelada espera de echar a andar el engranaje del reloj parado de sus vidas.

 Gonzalo describe la percepción de su realidad con precisión de relojero, «Al entrar en el metro, me vi desde fuera. Bajaba las escaleras de un modo mecánico. Los demás lo hacían igual. Éramos ratones, dando vueltas y vueltas a una rueda interminable, infinita.» «Ya me había pasado otras veces, ese desdoblamiento. Intenté no darle importancia», y se la transmite al lector en cada una de sus explicaciones «Lo miro, examinando a modo de autopsia cada detalle, radiografiando su interior para extraer aquello que busco», percibiéndose cómo la enfermedad va lentamente apoderándose de su mente, cómo situaciones cotidianas van volviéndose insoportables, «En mis ojos se repetían las muecas de los compañeros. Yo era el plancton y ellos los peces que me rodeaban, picoteándome. Empecé uno de esos diálogos en los que solía enredarme escindiéndome en dos», incluso las miradas más inocentes se tornan dolorosas, «los niños me miraban como adultos acusadores» «Las miradas, notaba las miradas en la nuca, como si horadasen», resultado de la burlona realidad que le toca vivir, de ese patente callejón sin salida que extrapola a su cuaderno imaginando la historia de otro: «Un hombre está leyendo. Le molesta el ruido que hace el reloj de la pared. Se le hace insoportable. Ese tictac repetitivo, monótono. Cuando no aguanta más lo tira al suelo, destrozándolo. Vuelve a leer. No puede concentrarse. Echa de menos ese ruido que antes le desesperaba. Levanta el reloj y coge los trozos, poniéndolos en su sitio. Las manecillas marcan la hora a la que se detuvo. Once menos cuarto. Se sienta frente a él y espera a que sea la hora.»


Relojes muertos es la primera novela de Eva María Medina, autora que me ha sorprendido gratamente con esta narración valiente sobre un tema tan complejo, afrontado con la dificultad añadida de novelarlo en primera persona y por un personaje del sexo contrario; una ópera prima que no dejará indiferente a ningún lector, y que será difícil olvidar. Al estar narrada por una mente enferma no caben esperarse proverbios magistrales, pero en ella se suceden frases labradas con precisión, que dentro del contexto, convierten frases banales en otras preñadas de una verdad desgarradora «Todos necesitamos que alguien nos mire»; una obra muy elaborada donde supuestas metáforas, tristemente no lo son «Al pasar por el escaparate de una librería, una mujer me sonrió desde la portada de un libro». No es fácil incorporar al lector en la mente de un esquizofrénico, con su percepción de la realidad, sus angustias e inconexiones, su lucidez y relaciones sexuales, resultado que Eva María logra a la perfección auxiliándose en la brevedad de sus oraciones, llegando en ocasiones a producir vértigo; no en vano causará pavor en más de un lector al verse reflejado en alguna de las reacciones o pensamientos del protagonista. 

 Un consejo; antes de comenzar su lectura, pongan el despertador; les será más fácil volver a la realidad, a la otra realidad.

 Crítica: Por Luis Vázquez, (@balborraz)


Enlace: http://10001lectores.blogspot.com.es/2015/06/resena-de-relojes-muertos-de-eva-maria.html