Su mecanismo se ríe de ti, de todos nosotros. Hay que terminar con ellos, nos están contaminando con sus minutos, nos adormecen con sus cuartos, las horas nos ahogan. Créeme, tú eres pequeño y sabes menos de la vida, yo ya he pasado por muchas dictaduras de esferas y manillas que ahora estarán oxidadas.
¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo!
¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo!
lunes, 9 de noviembre de 2015
domingo, 8 de noviembre de 2015
sábado, 24 de octubre de 2015
CRÍTICA DE "RELOJES MUERTOS" POR CARLOS MANZANO
Ya he comentado en más de una ocasión la enorme satisfacción que me produce encontrarme con narradores nuevos, o al menos desconocidos para mí, cuyas obras presentan una solidez más que notable. En este caso, sin embargo, la sorpresa es relativa, pues ya había leído varios relatos de su autora. Pero la lectura de su primera novela, “Relojes muertos”, me ha descubierto a una novelista sagaz, ágil, competente y sutil, que merecería mayor atención por parte de los buenos lectores de literatura.
Con su primera novela, Eva María Medina se adentra en los recovecos de una mente trastornada, y lo hace con total honestidad, sin concesiones de ninguna clase al lector perezoso y acomodado. Lo que se cuenta está en la mente del protagonista, nosotros como lectores solo accedemos a la realidad (o a lo que se entiende comúnmente como realidad) a través de esa mirada alienada y perdida. Los personajes que van apareciendo en sus páginas solo tienen entidad en la medida que el protagonista se la confiere. No tiene sentido preguntarse qué es verdad y qué simple construcción mental, porque en este caso Gonzalo, el protagonista, y nosotros, lectores, formamos un mismo ente, compartimos una misma mirada, lo que convierte la narración en una apasionante aventura donde la apariencia de las cosas se va reinventando continuamente.
En resumen, una excelente novela que nos descubre a una magnífica novelista con una manera muy personal de enfrentarse a la escritura.
Enlace: https://www.goodreads.com/book/show/24013017-relojes-muertos
viernes, 23 de octubre de 2015
RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" EN CLUB 1001 LECTORES

Título: Relojes muertos
Autor: Eva María Medina
Nº de páginas: 165
Edita: Playa de Ákaba
ISBN: 978-84-16216-25-3
Al finalizar Relojes muertos las manecillas de mi reloj se quedaron paradas. Leí la novela casi del tirón y en cierto modo quedé noqueado. No sé si fue el instinto de supervivencia o mi incondicional afecto por «Los soprano», lo cierto es que tamborileaba en mi cabeza aquella mítica frase del bueno de Gandolfini: «hasta un reloj parado da la hora exacta dos veces al día». En cualquier otra ocasión me hubiera animado más, pero tras vivir en la mente de un esquizofrénico, empezaba a asimilar esa canción de Sabina que decía que «no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca, jamás, sucedió».
Gonzalo Márquez, protagonista principal y narrador en primera persona de Relojes muertos, padece esquizofrenia. Hombre culto que ha bebido de la obra de Kafka, Neruda, Delibes, Kundera o Pedro Salinas, comienza la narración de la novela durante sus últimas horas en el psiquiátrico donde está ingresado, para regresar en breve, tras recibir el alta médica, al mundo exterior con la esperanza de comenzar una nueva vida.
Excesivamente observador, la vuelta al hogar y a su antiguo puesto de trabajo le llevan a escrutar el territorio, «Todos los objetos estaban en su sitio. Las paredes no se habían movido», un campo de acción que reconoce, pero en el que se siente ajeno, fuera de lugar. Intenta adaptarse, pero los recuerdos e imprecisiones van minando progresivamente su pensamiento, formando el caldo de cultivo adecuado para el rebrote de la enfermedad, universo donde convergen el resto de personajes de la obra. Producto de su estancia en el sanatorio conserva la amistad trabada con el alcohólico Gregorio, los recuerdos de Herminia, cuya presencia de su hijo muerto percibe con vida entre los pacientes, y a su nueva pareja, Ángela, con quien comparte cama y mantel. Podrían ser pilar sólido para un nuevo comienzo, pero pronto comienzan a surgir en su mente las imágenes de su amiga Sara, cuyo recuerdo impreciso previo al internamiento le vinculan con unas manos ensangrentadas que no acaba de entender y le anclan angustiosamente al pasado. Junto al mimo del Retiro y uno de sus vecinos del que imagina conversaciones con un reloj de pared, conforman un grupo de personajes que laten al compás del tiempo perdido, en anhelada espera de echar a andar el engranaje del reloj parado de sus vidas.
Gonzalo describe la percepción de su realidad con precisión de relojero, «Al entrar en el metro, me vi desde fuera. Bajaba las escaleras de un modo mecánico. Los demás lo hacían igual. Éramos ratones, dando vueltas y vueltas a una rueda interminable, infinita.» «Ya me había pasado otras veces, ese desdoblamiento. Intenté no darle importancia», y se la transmite al lector en cada una de sus explicaciones «Lo miro, examinando a modo de autopsia cada detalle, radiografiando su interior para extraer aquello que busco», percibiéndose cómo la enfermedad va lentamente apoderándose de su mente, cómo situaciones cotidianas van volviéndose insoportables, «En mis ojos se repetían las muecas de los compañeros. Yo era el plancton y ellos los peces que me rodeaban, picoteándome. Empecé uno de esos diálogos en los que solía enredarme escindiéndome en dos», incluso las miradas más inocentes se tornan dolorosas, «los niños me miraban como adultos acusadores» «Las miradas, notaba las miradas en la nuca, como si horadasen», resultado de la burlona realidad que le toca vivir, de ese patente callejón sin salida que extrapola a su cuaderno imaginando la historia de otro: «Un hombre está leyendo. Le molesta el ruido que hace el reloj de la pared. Se le hace insoportable. Ese tictac repetitivo, monótono. Cuando no aguanta más lo tira al suelo, destrozándolo. Vuelve a leer. No puede concentrarse. Echa de menos ese ruido que antes le desesperaba. Levanta el reloj y coge los trozos, poniéndolos en su sitio. Las manecillas marcan la hora a la que se detuvo. Once menos cuarto. Se sienta frente a él y espera a que sea la hora.»
Relojes muertos es la primera novela de Eva María Medina, autora que me ha sorprendido gratamente con esta narración valiente sobre un tema tan complejo, afrontado con la dificultad añadida de novelarlo en primera persona y por un personaje del sexo contrario; una ópera prima que no dejará indiferente a ningún lector, y que será difícil olvidar. Al estar narrada por una mente enferma no caben esperarse proverbios magistrales, pero en ella se suceden frases labradas con precisión, que dentro del contexto, convierten frases banales en otras preñadas de una verdad desgarradora «Todos necesitamos que alguien nos mire»; una obra muy elaborada donde supuestas metáforas, tristemente no lo son «Al pasar por el escaparate de una librería, una mujer me sonrió desde la portada de un libro». No es fácil incorporar al lector en la mente de un esquizofrénico, con su percepción de la realidad, sus angustias e inconexiones, su lucidez y relaciones sexuales, resultado que Eva María logra a la perfección auxiliándose en la brevedad de sus oraciones, llegando en ocasiones a producir vértigo; no en vano causará pavor en más de un lector al verse reflejado en alguna de las reacciones o pensamientos del protagonista.
Un consejo; antes de comenzar su lectura, pongan el despertador; les será más fácil volver a la realidad, a la otra realidad.
Crítica: Por Luis Vázquez, (@balborraz)
Enlace: http://10001lectores.blogspot.com.es/2015/06/resena-de-relojes-muertos-de-eva-maria.html
jueves, 22 de octubre de 2015
lunes, 11 de mayo de 2015
74ª FERIA DEL LIBRO DE MADRID
Estaré los días 7 y 8 de junio en la Feria del Libro de Madrid en la caseta 322 de 18 a 20 h. Si os queréis pasar para que os firme mi novela "Relojes muertos"(Ed. Playa de Akaba), o para charlar un rato, allí nos vemos. ¡Os espero!
sábado, 9 de mayo de 2015
"RELOJES MUERTOS" RECOMENDADA EN LA REVISTA LITERARIA OTROLUNES, CON EXTRACTOS DEL PRÓLOGO Y PRIMER CAPÍTULO
Relojes muertos
Eva María Medina
Playa de Ákaba, España 2015.
Prólogo de Juan Manuel de Prada
Eva María Medina
Playa de Ákaba, España 2015.
Prólogo de Juan Manuel de Prada
OtroLunes se siente orgulloso de poder presentar este fragmento de Relojes muertos, primera novela (una excelente novela como se verá) de la escritora española Eva María Medina, de quien hemos publicado algunos cuentos en numeros anteriores de nuestra revista. Aprovechamos este pequeño esfuerzo promocional sobre su obra, que recomendamos a nuestros lectores, para darle la bienvenida también como nueva columnista en NOMBRE DE LA COLUMNA (CON LINK).
Tuve la inmensa suerte de conocer a Eva Medina en un curso de literatura, en Santander, en el que oficié de profesor; ella fue la alumna más inquisitiva y perspicaz, la más clarividente y azuzadora de la curiosidad. Enseguida me di cuenta de que tenía una vocación de caballo; impresión que confirmé cuando tuve entre mis manos esta novela, Relojes muertos. Antes de zambullirme en su lectura, sin embargo, no podía imaginarme que me hallaba ante una obra excelente que me iba a permitir adentrarme en los tortuosos caminos de la locura, en los vericuetos de las vidas atroces de unos personajes marcados por la tragedia y empeñados en liberarse de sus tribulaciones personales, aunque, corno ya nos dijo Cioran, cuando el hombre no puede liberarse de sí mismo se deleita devorándose.
La autora no ha necesitado de una obra voluminosa de páginas y de erudiciones para tejer una urdimbre compleja en torno a unos personajes que desde el principio se nos antojan tan cercanos como nosotros mismos, logrando una especial amalgama entre la realidad y la locura y arrastrándonos inevitablemente en el torbellino de la existencia del protagonista, marcada por la esquizofrenia, pero también por el anhelo de buscar un motivo que justifique y dé sentido a su azarosa y atormentada vida.(…)Eva María Medina construye esta prodigiosa novela con una prosa escueta, concisa, sin alharacas ni elucubraciones, que huye de la escritura previsible y de falsas erudiciones, pero que es hasta tal punto eficaz que nos mantiene en vilo durare la lectura de esta novela corta pero no menos apasionante, que demuestra a las claras la enorme capacidad de la autora para sumergirnos en los lóbregos pasadizos de la esquizofrenia y para crear en solo ciento cincuenta páginas la historia entrecruzada de unos personajes de inabarcable y tumultuosa complejidad. Logro que pedimos a Eva María que repita, a ser posible incansablemente, mientras le resten fuerzas, para depararnos en el futuro la oportunidad de seguir disfrutando —de seguir estremeciéndonos— con sus historias, tan personales, tan infrecuentes, tan literatura en estado puro.Juan Manuel de PradaTomado del prólogo a la novela
*****
—1—
Me habían subido de planta. Venía del comedor, donde se oían ruidos; de cubiertos, de platos, los enfermos hablaban alto. En la primera planta ni se hablaban ni se miraban, y si lo hacían, no se veían, como si algo interno se hubiese apagado.
Me tumbé en la cama, con las manos debajo de la cabeza, repasando la pintura de las paredes. Encontré dónde estaba el trabajo bien hecho y dónde no se habían esforzado lo suficiente, y recordé la conversación con mi jefe. Me había llamado por la mañana. Me dijo que no me preocupase, que todo iría bien. ¿A qué se referiría?, ¿mi estado mental?, ¿el trabajo?
En el baño me fijé en mis ojos. El negro de pupilas ensanchándose. Surgieron más: grandes, pequeños, miopes, alargados. Estos ojos me observaban. ¿Dónde está la verdad?, ¿soy yo verdad? Intenté no pensar en ello, pero esas figuras parecían escrutarme. ¿Vemos realmente la imagen de lo que somos? Espejos cóncavos, convexos. Engaños de la mente, espejos que distorsionan las formas. Esos ojos saben la verdad. Y están todos. Director, compañeros, vecinos, portera. Me están esperando. Y lo saben todo. ¿Enfrentar esos ojos a los míos? ¿Volver a trabajar sabiendo que ellos saben, que disimulan que yo sé que saben?
Fui hacia la ventana. Con ese «lo saben todo» en mi cabeza, retorcí la cortina y miré tras el cristal. Las piernas de una mujer que cruzaba la calle parecían salirse de las rayas blancas del suelo. Alcé los ojos todo lo que pude, escalando barras de hierro que trazaban formas cuadradas. Los brazos de esa mujer: largos, delgados, con brío. Subía las escaleras del hospital.
Bajé todo lo deprisa que pude. Llegué a la puerta faltándome el aire, tosiendo. Ya no estaba. Miré el reloj. Eran las cinco de la tarde. Decidí ir a la cafetería, tomarme algo, y dejar que el tiempo pasara.
De pie, en la barra, alguien me habló. Gregorio. Era alto y escuchimizado. Lo primero que vi fueron sus rizos. Parecía simpático. Me contó que no tenía problemas, que era su mujer que le desquiciaba. Todos los días lo mismo: «Estás borracho, estaba preocupada, es muy tarde». «Me enervaba, y seguía, seguía, hasta conseguir que acabase pegándole. Como si necesitara algún argumento para dejarme. Desde el divorcio la echo de menos, si consigo dejar de beber…» El límite, pensé mientras él seguía hablando, una línea tan fina, qué fácil traspasarla y verse perdido al otro lado, sin poder hallar el camino de vuelta.
A las cinco, de nuevo en la ventana, oliendo a Ultraviolet Man, buscando los huecos entre las rejas. Veía un trozo de semáforo, el negro del alquitrán, brazos desnudos, ¿y ella? Me agaché. «Quizá desde abajo pueda verla mejor». Y, como si mirase a través de un microscopio, vi sustancias verdes moverse. Eran sus ojos. Cuando volví a mirar, ya no estaba.
Fui a la cafetería. Gregorio me llamó desde una mesa del fondo. Se extrañó al verme tan elegante. Le dije que había venido mi novia. Sonrió y, con un codazo y un «¡qué calladito te lo tenías!», me presentó al grupo. Una mujer con la cara hinchada, un adolescente de ojos azules, una chica rubia, y un hombre gordo con barba. Contesté a sus preguntas sin saber muy bien si era yo el que hablaba, como si la voz saliera con distinto tono y emplease palabras que no solía utilizar.
La mujer de cara hinchada contó, sonriente, borracheras con su marido en un hotel de Nueva York. «Empezó a beber para contentarle», me dijo Gregorio, «y ahora ella también es alcohólica, como en Días de vino y rosas». Mientras Cristina seguía con las borracheras, me asaltaron esos ojos verdes tras los barrotes. Y ya no era ella sino yo el que disfrutaba con mi novia en ese hotel de la Gran Manzana. Imagen que fue rota por el chico de ojos azules que gritaba: «¡El coche perdido, el coche perdido!». Gregorio me dio un codazo, «está tocao». Clavé mis ojos en los suyos. Retiró la mirada, bajando la vista al suelo.
Entre ese «está tocao» se acumulaban historias: la del relojero que bebía para mejorar su pulso en el trabajo, Gregorio contando sus últimos ligues, la mirada perdida del gordo de la barba. Y esos ojos verdes, y anorexia. ¿Anorexia? Anorexia nerviosa, anorexia nerviosa. Tuve que dejarlo, la cabeza me daba vueltas.
La imagen de mi novia volvió a surgir. Sus ojos, querían decirme tantas cosas. Sentí que esos ojos me eran familiares, a pesar de no haberlos visto nunca, y que sería difícil dejar de pensar en ellos, hasta conseguir que esas pupilas se fijasen en las mías. Estar más atento. Ver lo máximo de ella, más partes. Bostecé, una, dos veces. Los párpados cayeron. Quise subirlos. No pude. La figura de la mujer de ojos verdes se hizo más nítida. Estaba esperando a cruzar la calle. Intenté fijarme en sus facciones. Las rejas lo impedían, seccionando cara y cuerpo, de un modo raro, arbitrario. El pelo, antes castaño, era ahora negro: un negro sucio, enredado. Los labios, más carnosos, pintados de un rojo sangre. Grité, acordándome de que el pelo y los labios eran de una prostituta con la que había estado. ¡Cómo me habría confundido! Abrí los ojos. Todos me miraban. Estaba sudoroso. Me toqué la frente, tendría décimas. Gregorio me ayudó a levantarme cogiéndome de un brazo. Apoyé la cabeza en su hombro hasta llegar a mi habitación. Me tumbó en la cama. Quería quedarse conmigo, pero le dije que no, que no había dormido bien esa noche, eso era todo. «Luego vengo», dijo seguido del ruido seco de la puerta.
Eran las cinco y media de la tarde del día siguiente. Me desperté de la siesta sintiéndome culpable, como si hubiera quedado con ella y no me hubiese presentado. Recordé el día en que me fijé en su pelo castaño, recogido por detrás. Me la imaginé soltándoselo. Se quitaba las horquillas, despacio, muy despacio. Primero la de la derecha, la de la izquierda después. Tenía más horquillas, que se quitó girando sus brazos como en una danza árabe. Me puse de lado, hacia la ventana. Me bajé la cremallera. Ella no se lo merecía. Pero empezó a acariciarse el pelo, entremetiendo los dedos, mirándome burlona, con ese entornar de ojos. Metí la mano dentro de los calzoncillos, insultándola, culpabilizándola de aquello. Me hablaba, palabras que no entendía. Ese mover de labios aceleró el movimiento. Se subía la falda, acariciándose los muslos. Después, sus dedos entre las bragas. Me corrí, en tres espasmos algo dolorosos. No quise preocuparme, la primera vez no suele ser la mejor. Me tumbé boca arriba buscando su imagen. Antes de encontrarla, me quedé dormido.
Las seis menos diez. Me acerqué a la ventana. El no haber estado a las cinco me calmó la búsqueda, pero agrandó la quemazón. Me pareció verla, al lado del semáforo, esperando que el hombrecillo de manos rígidas cambiase a verde. El semáforo se abrió. Una mujer. No muy alta, hombros anchos. Era ella. Caminaba con ese clic especial de su cadera. Era ella. Me miré en el cristal. Me vi tan desalmado que me escondí detrás de la cortina, sacando solo la cabeza. Hoy la veía diferente. Llevaba un traje negro con cuello redondo, ajustado de pecho y cintura, que luego caía en tiras en forma de triángulos invertidos. Tendría una cita. Con algún médico. Empecé a moverme como animal salvaje al que acabaran de encerrar; de la ventana a la puerta, de la puerta a la cama, de la cama al sillón. La imagen del médico acercándose a ella. Su brazo, por encima del sofá, apenas tocando su piel, rozando el escote de su vestido negro.
Me eché sobre la cama. Las imágenes se repetían, como hojas que te dan en la cara movidas por el viento; las mismas, que parecen las mismas. El médico, más cerca, de sus labios, de su cuerpo. Empecé a sudar. Me veía en una escena dentro de otra; ellos con el televisor encendido sin voz, y yo, dentro, viéndolo todo.
Cuando Gregorio llegó, yo seguía en la cama. Me preguntó qué tal estaba y, sin dejar que contestase, me habló de Inma. Vivía en el barrio de Salamanca y estudiaba Artes y Oficios. Mientras me narraba, se golpeaba la frente con los dedos. Luego, los brazos desconectados, arrítmicos. Recordé que, cuando se refería a su exmujer, parecía que un hilo o alambre atravesara su cuerpo atemperando gestos, posturas. Hasta que se ofuscaba porque ella le había dejado. «Total, no bebía tanto y le había pegado poco, dos o tres veces.»
Ahora era Inma. Rubia. Los rasgos, «algo sumisos». El cuerpo, «alargado, músculos flacos». «Anoréxica, pero de buena familia.» Cuando escuché esto, me reí. Noté que su silencio me censuraba. «Esta vez es distinto», me dijo.
Segundos más tarde, cambió de expresión. Sonreía y, al darme palmadas en la espalda, comprendí lo que vendría después.
Bajábamos las escaleras. Todo perdía perspectiva. ¿Estábamos ingresados en un hospital? En la planta tercera vi a dos enfermeras salir de una de las habitaciones y a varios locos desorientados. Entonces, todo se volvió más raro, como si un aura extraña, difusa, nos estuviese persiguiendo, para que a las doce se rompiera el hechizo y nos diésemos cuenta de que no podíamos huir de ellos, ni del centro, ni de esa realidad que nos envolvía.
Cuando llegamos a la habitación de Inma, la puerta estaba abierta. Me quedé paralizado. Allí estaban esas motas de un verde oscuro sobre ese fondo claro; un verde ligero, casi transparente. Se llamaba Ángela. Al besarla bajé la vista fijándome en sus brazos, unos brazos musculosos que me excitaron. Se me hacía raro, esos rasgos masculinos en una mujer tan mujer.
Fuimos a la cafetería. Antes de que ellas se sentaran, Gregorio retiró las sillas, que se engancharon en las patas metálicas de la mesa. Intentó sacarlas. No pudo. Va a ir mal, me dije. Al tercer o cuarto intento lo consiguió. Sonreí desdeñando un mal augurio.
Hablábamos. El olor del café mezclándose con ese olor seco, ácido y a la vez agrio de su perfume. Mientras la escuchaba me vi acariciando la taza, notando el calor, la suavidad. No quise mirar a Gregorio. La dejé sobre la mesa y, al dejarla, noté algo áspero: la mesa, la aspereza de la mesa. Y todo pareció derrumbarse. Pensé que debía relajarme y considerar todo en su conjunto: la aspereza de la mesa con la suavidad de la taza.
Nos despedimos de ellas. De camino al comedor, Gregorio me guiñó un ojo: «¿Te ha gustado, eh?». Desvié la mirada hasta que oí: «¿Y tu novia?». Me sonrojé. Le conté la verdad. Me dijo que estaba chalao. «¡¿Mira que si se entera de que tienes novia, que es ella, y que ni ella lo sabe?!». Nos miramos y no pudimos aguantar la risa.
Después de cenar me fui pronto a dormir. Gregorio se quedó con Inma. Cuando llegué a mi cuarto me tumbé sobre la cama. No me acordaba de lo que habíamos hablado. Sé que todo había ido bien. Me desvestí, tirando la ropa al suelo. Me puse boca arriba: piernas y brazos ligeramente separados. Miré al techo. Las caras, no me había fijado. Solo la veía a ella, y de un modo entrecortado, borroso. Todo en ella me gustaba. Su nariz ancha, su cara redonda, sus ojos verdes. Lo imperfecto la hacía más bella. No sería tan linda sin esas pantorrillas como patas de jilguero, que eran suyas, que no podían ser de otra. Más bella, más perfecta dentro de lo imperfecto. Grandes tetas y un buen culo, no demasiado respingón.
Me empalmé. No quería masturbarrne. Cuando estuviésemos juntos que ella lo hiciera, apretando contra mi estómago. Que luego sintiese su lengua bordeando. Lo sentía. Sentía esa humedad íntima y no podía alejarla, decirle que no. Ahora me penetraba, era ella quien lo hacía. Entrar, sus fluidos, y esa vagina que presionaba, que rodeaba mi pene de tal forma que parecía hecho para ella.
lunes, 27 de abril de 2015
OPINIÓN DE UN LECTOR
Valentín Andrés Martínez
Puedes comprar el libro en: https://www.elcorteingles.es/libros/libro/relojes-muertos-9788416216253
martes, 14 de abril de 2015
"RELOJES MUERTOS": LITERATURA VERDADERA
En la presentación del libro Relojes muertos el pasado 22 de enero en el FNAC de Callao, Madrid, el escritor y editor Lorenzo Silva explicó por qué habían apostado por esta novela y por su autora, a quién consideró una escritora de verdad, con vocación, que se entregaba con talento y dedicación a lo que hacía, y que además alcanzaba resultados que merecían una atención mayor.
Lorenzo Silva describió la novela como «impactante» al presentar «una historia dura, compleja y valiente» como es la de la enfermedad mental. En este libro hay «una voz original que se construye con la síntesis, la elipsis y con la intensidad. Un desafío por la historia que tiene entre manos, por esa desnudez y renuncia a recargar el texto de elementos, consiguiendo una riqueza expresiva, a veces poética. Una historia construida a partir de metáforas poderosas», por lo que en palabras del editor, resultaba un debut perturbador.
Juan Manuel de Prada, prologuista del libro, comentó que al leer esta novela se sorprendió, «no esperaba que el libro fuera tan arriesgado, tan original, tan maduro, no en el sentido aciago sino en el sentido hondo de la palabra. Me asombró también el estilo, preciso a la historia que quiere contar y al tono que adopta, sobre todo porque (la autora) tiene voz. Escritura descarnada, en la que importa, tanto o más, lo que se oculta que aquello que se dice explícitamente.»
Aunque el tema de la locura puede parecer arduo, es cercana al lector y se compensa con fragmentos más distendidos: cuando el protagonista intenta escribir y termina borracho, con muchas ideas, pero sin lograr escribir. Según Juan Manuel «el toque humorístico aflora en algunos pasajes de la novela, momentos en medio de esas zonas de sombras en los que brillan luces, locuras que de repente se tornan quijotescas, amables. En el libro hay una mirada extraordinariamente caritativa (fundamental en el escritor) sobre la locura y sobre la propia naturaleza humana —con sus miserias, vilezas y sus grandezas—, la única que hace posible la empatía con los personajes, que veamos a esos personajes como reflejos de nosotros mismos, como hermanos del alma con quienes podemos identificarnos.»
«Relojes muertos pertenece a la literatura verdadera», nos confesó Juan Manuel, «que es aquella con la que mantenemos un forcejeo, que nos exige, nos reclama, que nos interpela. Lectura divertida, pero al mismo tiempo es una lectura exigente, perturbadora, conmovedora pero al mismo tiempo desgarradora. La literatura que nos ayuda a explicarnos, que acierta a alumbrar pasajes oscuros de la naturaleza humana.»
Concluye diciendo: «Sin renunciar a la tradición literaria, Eva María Medina narra una historia de una manera totalmente nueva, penetrando en el mundo de la locura de un modo único».
lunes, 6 de abril de 2015
RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" EN MUNDO MACGREGORIANO
Original y absorbente podrían ser dos buenos calificativos para definir "Relojes muertos", la nueva novela de Eva Mª Medina. Se trata además de una obra sólida, perfectamente estructurada y contada, que no deja indiferente; de esos textos que traspasan al lector, lo perturban e impresionan, hasta la médula. Y es que la autora sabe manejar con eficacia todos los resortes para conseguir el grado de suspense adecuado desde prácticamente las primeras páginas de la narración, consiguiendo un texto que te atrapa sin remedio y del que resulta difícil desembarazarse incluso después de concluir la lectura. De hecho, cuando concluí el último capítulo, me sentí por completo defraudado al comprobar que la historia terminaba; quería y necesitaba más, algo que me sucede muy pocas veces.
La compleja trama está narrada en primera persona por el protagonista estelar de la historia, un sujeto que ha estado ingresado en un centro de salud mental un largo periodo de tiempo y que por fin se incorpora a la vida social y laboral. A lo largo de los capítulos, éste nos va contado, en un principio, aspectos de su acontecer cotidiano, centrado básicamente en la convivencia con Ángela, su pareja sentimental, y su difícil reincorporación al trabajo. Aunque se encuentra presuntamente recuperado, parece que no ya que en la narración de sus peripecias evidencia una clara deformación de la realidad y de los acontecimientos en los que interviene o de los que es testigo. Pronto, da la impresión de que este hombre se encuentra inmerso en una pesadilla, ya que lo que en lo que nos cuenta se mezcla lo onírico con lo real, de tal modo que al lector le resulta bastante difícil saber delimitar la frontera entre fantasía y realidad; el sujeto parece vivir en un permanente estado de alucinación, en el que afloran sus obsesiones, manías y paranoias; sus sentidos parecen más agudizados que nunca y percibe todo como reflejado en una suerte de espejo de feria.
Fuente: http://mundomacgregoriano.blogspot.com.es/2015/04/relojes-muertos-de-eva-m-medina.html?spref=tw
Puedes comprar el libro en: http://www.amazon.es/Relojes-Muertos-Playa-ákaba-narrativa/dp/8416216258/ref=sr_1_46?s=books&ie=UTF8&qid=1448649495&sr=1-46&keywords=playa+de+akaba
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