Su mecanismo se ríe de ti, de todos nosotros. Hay que terminar con ellos, nos están contaminando con sus minutos, nos adormecen con sus cuartos, las horas nos ahogan. Créeme, tú eres pequeño y sabes menos de la vida, yo ya he pasado por muchas dictaduras de esferas y manillas que ahora estarán oxidadas.
¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo!

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domingo, 10 de abril de 2016

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" EN "DE LIBROS Y LECTURAS"

RELOJES MUERTOS de Eva María Medina viene a demostrar que en una novela corta se puede llegar a conseguir mucho  más que en una de tropecientas páginas.

Relojes muertos es el título de un famoso cuadro de Salvador Dalí. El protagonista de la novela es Gonzalo y está loco. Y eso, la locura es el tema de esta novela. Un tema difícil que Eva ha resuelto poniéndose en el lugar de Gonzalo mediante la primera persona en la narración.

Gonzalo acaba de salir del hospital e intentará retomar su vida normal. El problema es saber qué es real y qué es inventado, qué es un sueño. 

La novela tiene dos partes bastante claras. En la primera de ella, Eva nos cuenta el proceso de la enfermedad de Gonzalo durante su estancia en el hospital. Su salida y su intento, más o menos acertado de vivir en el mundo real. Su intento por rehacer su vida con Ángela, a la que conoce en el hospital por medio de un amigo. 

En la segunda parte Gonzalo vive más en un mundo onírico, confundiendo ambos mundos. El camino de la locura se hace más notorio, igual que su declive hacia el deterioro. El tiempo parece detenerse a lo largo de la narración, como si estuviera muerto. El mundo agobiante de Gonzalo, su confusión, su obsesión por Sara, de quien no sabemos nada , su búsqueda constante del tiempo pasado. Los personajes son complejos y muy humanos, todos ellos con su tragedia personal a cuestas intentando sobrevivir en un mundo que no acaban de comprender.

La narración es ágil, sin artificios, con frases cortas que proporciona mucha velocidad a la lectura y te hace entrar de lleno en la mente irreal de Gonzalo. Eso no quiere decir que la narración sea dura y extrema. Hay fragmentos líricos y descripciones hermosas. 

Para ser su primera novela, Eva María Medina demuestra que sabe perfectamente cómo manejarse en la literatura.



sábado, 13 de febrero de 2016

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" EN "PUNTO DE PARTIDA DE LIBROS E HISTORIAS"



Relojes muertos es otro de esos libros de los que me va a costar recuperarme.
Ha sido toda una experiencia la lectura de esta novela. Se trata de un thriller psicológico, donde el escritor, en este caso escritora, te mete de lleno dentro de la mente de una persona que cada vez se encuentra más lejos de la realidad.
Lo que más me ha sorprendido es la manera de narrar de Eva María Medina, con una escritura muy cuidada y llena de detalles. Esa escritura que te envuelve y te mete de lleno en el personaje. Pasas a ser tú el protagonista, eres el que sientes esas alteraciones que hace la mente. Sentimos todas sus angustias, ese no saber si lo que está viviendo es realidad o ficción. Muy inquietante.
Si os gusta este tipo de literatura os la recomiendo sin duda.

                                      Cristina Durán Lázaro




Más información en el siguiente enlace:http://comparteeditorial.com/relojes-muertos-eva-maria-medina/


miércoles, 2 de diciembre de 2015

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" POR JAVIER VELASCO OLIAGA

“Relojes muertos” de Eva María Medina

Inauguramos el año 2015 con una novela que aparece en el albor del año. Que aparece como lo hace el sol en una playa paradisiaca que bien podría ser la de Ákaba, de la que toma el nombre la editorial en que se publica “Relojes muertos”, la primera novela de la escritora madrileña Eva María Medina. Una obra alejada de los cauces comerciales que tan bien controlan los editores Noemí Trujillo y Lorenzo Silva, en un proyecto con el que quieren dar a conocer a escritores con talento.

Pese a ser la primera novela de Eva María Medina, esta filóloga no es una recién llegada a la publicación de obras. Ya tiene un libro de relatos de su autoría y un par de ellos en colaboración, además de haber publicado en diversas antologías y en revistas. El cuento es un estilo que controla a la perfección la autora que con Relojes muertos trasciende a la novela, algunos podrían definirla como corta. Pero una novela es la obra que, tenga la extensión que tenga, siempre cuenta lo que ha querido contar el autor. Y esta novela tiene la dimensión justa.

Relojes muertos, que toma el nombre de un cuadro de Salvador Dalí, aborda el tema de la locura, una cuestión espinosa en la literatura, donde se han compuesto obras maestras pero no en exceso. La locura siempre es un tema difícil de abordar y polémico que puede herir ciertas sensibilidades y que nos hace enfrentarnos de una manera distinta al mundo de vivimos y conocemos porque el “loco” tiene una percepción distinta a lo que vemos y vivimos. Gonzalo, el protagonista de la novela, cruza la frontera de la locura por medio de los sentimientos, pero también de forma onírica, dando una dimensión diferente al relato.

Quizá todos estemos un poco locos o tengamos rasgos con los que cruzamos los dos mundos, de los infinitos que pueda haber. Muchas veces nos sorprendemos al leer noticias o verlas en televisión sobre personas que han matado a familiares o vecinos por el ruido causado por una televisión o por un equipo de música. Eva María Medina pone algunos ejemplos en Relojes muertos. Un ruido puede ser agobiante cuando rompe la intimidad de un hogar, de una casa, de un refugio. Ese ruido puede hacernos sentir que nos violan nuestro espacio vital, y ese ruido se puede incrustar en nuestra cabeza llegando a volvernos locos. Como locos nos pueden volver el tic-tac de un reloj oído hasta el infinito. El protagonista huye de esos ruidos, pero también de esos otros que tiene incrustados en su mente.

Eva María Medina escribe en primera persona y usurpa la personalidad de Gonzalo Márquez para escribir desde una perspectiva masculina, con el riesgo y dificultad que supone ponerse en la perspectiva del género contrario. Una dificultad añadida que la autora resuelve, no sólo con solvencia, sino con atrevimiento y originalidad, dando a la narración una pátina de complementariedad y visión aún más global de lo que normalmente se da.

Relojes muertos tiene dos partes claramente diferenciadas que más o menos coincide con la mitad del libro. En la primera, nos encontramos una novela muy descriptiva y actual donde nos cuenta el proceso de la enfermedad en el hospital después del ingreso del protagonista y cómo se desenvuelve en ese mundo hasta que le dan el alta y consigue rehacer su vida con Ángela, a la que conoce por mediación de un amigo en esas habitaciones de hospital que nos va mostrando con pulso firme y enriquecedor. Un mundo agobiante y cerrado.

En la segunda parte, el mundo físico y cotidiano, deja paso a otro onírico donde las percepciones subjetivas del narrador se van abriendo paso en la narración. Aquí la narración toma una dimensión diferente y la realidad se va conformando como un todo único donde no sabemos dónde empieza una y dónde acaba la otra. Si la primera parte también tenía un componente agobiante, en esta ya se lleva hasta sus últimas consecuencias.

Lo agobiante deja paso a la destrucción sistemática del protagonista. Estamos ante una novela donde el deterioro mental del protagonista se hace patente. Gonzalo se va deteriorando, como se va deteriorando su relación con Ángela, con sus compañeros de trabajo, con su mundo. Un deterioro progresivo que llega a una destrucción total de un mundo subjetivo.

Eva María Medina ha escrito una novela donde la literatura es su leit motiv. Se recrea en la fuerza de la escritura llevándonos a un mundo onírico y destructor. Precisa y concisa nos muestra un mundo interior que no nos gusta hurgar ni enfrentarnos a él. Ella lo hace dándonos un relato que cada vez es más duro pero también más literario.


Puedes comprar el libro en:

miércoles, 25 de noviembre de 2015

PRÓLOGO DE "RELOJES MUERTOS" POR JUAN MANUEL DE PRADA

Prólogo

por Juan Manuel de Prada

Tuve la inmensa suerte de conocer a Eva Medina en un curso de literatura, en Santander, en el que oficié de profesor; ella fue la alumna más inquisitiva y perspicaz, la más clarividente y azuzadora de la curiosidad. Enseguida me di cuenta de que tenía una vocación de caballo; impresión que confirmé cuando tuve entre mis manos esta novela,  Relojes Muertos. Antes de zambullirme en su lectura, sin embargo, no podía imaginarme que me hallaba ante una obra excelente que me iba a permitir adentrarme en los tortuosos caminos de la locura, en los vericuetos de las vidas atroces de unos personajes marcados por la tragedia y empeñados en liberarse de sus tribulaciones personales, aunque, como ya nos dijo Cioran, cuando el hombre no puede liberarse de sí mismo se deleita devorándose.
La autora no ha necesitado de una obra voluminosa de páginas y de erudiciones para tejer una urdimbre compleja en torno a unos personajes que desde el principio se nos antojan tan cercanos como nosotros mismos, logrando una especial amalgama entre la realidad y la locura y arrastrándonos inevitablemente en el torbellino de la existencia del protagonista, marcada por la esquizofrenia, pero también por el anhelo de buscar un motivo que justifique y dé sentido a su azarosa y atormentada vida.
El protagonista de Relojes Muertos aborda con inquietud, pero también con ilusión, su vuelta al mundo real, pero quizá el único mundo real en el que él puede desenvolverse es aquel que ha dejado atrás, el mundo del hospital en el que ha estado internado. Afuera, en el mundo de los mal llamados seres cuerdos, nada va a ser real para él porque el protagonista no puede interpretar correctamente esa realidad que el mundo le ofrece. Él necesita revivir su pasado, pero la vida le niega toda posibilidad: sólo puede rememorarlo, como cuando piensa en Sara, aquella mujer que desapareció, según le cuentan los maliciosos, el mismo día en que él fue ingresado en el hospital, con las manos manchadas de sangre; Sara, cuya vida conocía y vivía junto a ella en su perturbada imaginación a través de los itinerarios que le sugerían los movimientos de su cuenta bancaria, que él rastreaba incansablemente; pero ahora Sara ha desaparecido y no puede encontrar su rastro ni en las páginas de sucesos ni en las esquelas que se afana minuciosamente en desentrañar, por si alguna de ellas contuviera alguna clave que sólo él, en su delirio, pudiese advertir.
Ni siquiera el amor de Ángela, a la que conoció en el hospital, va a poder proporcionarle una vida real que lo libere de los recuerdos de su vida pasada, porque lo que verdaderamente quiere el protagonista es poner en el rostro de Ángela el rostro de otras muchas mujeres, las mujeres de su vida pasada, reales o ficticias, y hacerle los mismos regalos que soñó hacerles a alguna de aquellas mujeres, como aquel que tenía especialmente reservado a Sara, ese baúl que dejó pagado y que nunca retiró de aquella tienda que ya no recuerda, y que ahora tiene que localizar en un dédalo de calles acompañado de Sara, porque él sigue viendo a Sara, paseando con Sara, comiendo con Sara, y cuando localiza la tienda el baúl presenta una fisura que después se irá agrandando y extendiéndose progresivamente a todo su ser, a su propia vida, a la vida de Ángela y a cuanto lo rodea, y que amenaza inevitablemente con engullirlo.
El tiempo del protagonista es el tiempo de los relojes muertos que pueblan la novela. Un tiempo parado que no puede conducirnos a futuro alguno, ni devolvernos al pasado, pero al que esperamos con la vista clavada en unas manecillas que ya jamás se pondrán en marcha para medir unas vidas que nunca volverán a ser nuevas, sino una repetición de aquellas otras que en realidad no hemos abandonado, porque nos tendrán sujetos a ellas de por vida. Los personajes que pueblan la novela de Eva Medina nos asustan y a la vez nos enternecen, porque se aferran con uñas y dientes a aquello que amaron y que su locura no ha podido borrar, o, por mejor decir, no se ha borrado de sus corazones porque su locura los amarra a ese tiempo que ya no miden los relojes averiados de la realidad. Su existencia consiste en una búsqueda de sucedáneos que les permitan seguir disfrutando del tiempo pasado, de ese tiempo detenido en las manecillas del reloj de sus respectivas vidas. Así Herminia, la viejecita huérfana de hijo, que en su bendita locura se inventa hijos a los que adoptar, aunque sea visitando hospitales o a través de fotografías apócrifas, para poder mantener viva la llama del hijo que se fue. O ese viejo varado ante el reloj de pared, que habla con él porque imagina que su mujer muerta habita entre sus engranajes detenidos, esperando que su mujer vuelva a la hora que marcan las manecillas inertes, aunque esa hora ya no llegará jamás. O Gregorio, su amigo del hospital, con el que tantas y tantas veces evocaba a Kundera, a propósito de sus respectivos y desgraciados amores; Gregorio, que en sus delirios etílicos no sabe qué curso ha de dar a su vida, si abrir un bufete o volver a ser funcionario de hacienda, aunque no pueda hacer ninguna de las dos cosas porque ni siquiera pasó por la universidad.
Eva María Medina construye esta prodigiosa novela con una prosa escueta, concisa, sin alharacas ni elucubraciones, que huye de la escritura previsible y de falsas erudiciones, pero que es hasta tal punto eficaz que nos mantiene en vilo durante la lectura de esta novela corta pero no menos apasionante, que demuestra a las claras la enorme capacidad de la autora para sumergirnos en los lóbregos pasadizos de la esquizofrenia y para crear en sólo ciento cincuenta páginas la historia entrecruzada de unos personajes de inabarcable y tumultuosa complejidad. Logro que pedimos a Eva María que repita, a ser posible incansablemente, mientras le resten fuerzas, para depararnos en el futuro la oportunidad de seguir disfrutando —de seguir estremeciéndonos— con sus historias, tan personales, tan infrecuentes, tan literatura en estado puro.


































































































































Enlaces: http://playadeakaba.com/?q=obras/relojes-muertos
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Puedes comprar el libro en: http://www.amazon.es/Relojes-Muertos-Playa-ákaba-narrativa/dp/8416216258/ref=sr_1_46?s=books&ie=UTF8&qid=1448649495&sr=1-46&keywords=playa+de+akaba

miércoles, 18 de noviembre de 2015

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" POR PEDRO M. DOMENE

I
Ingenio
“El ingenio consiste en apreciar el parecido de cosas que difieren entre sí, y la diferencia de cosas entre sí iguales”.
                                                                Madame de Staël 
… me gusta

Relojes muertos


   Eva María Medina (Madrid, 1971) entrega su primera novela, Relojes muertos (2015) y, desde las primeras páginas, se percibe un firme pulso narrativo que nos sumerge en un extraño mundo, sus personajes viven entre una realidad inmediata y el abismo de la locura, una suerte de auténtico torbellino vital con una existencia marcada por la esquizofrenia, y el deseo único de otorgar sentido a una mísera vida.

  La narradora madrileña ha arriesgado mucho en su primer proyecto extenso, y abordar el tema de la locura resulta una apuesta interesante que recuerda a ilustres antecedentes, que no son necesarios cuantificar, aunque en una primera impresión, deberíamos matizar, Medina sale airosa, y en ese puzzle de imágenes y metáforas que componen Relojes muertos sobresale el hilo narrativo, y un profundo halo de humanismo deja un buen sabor de boca a la hora de avanzar por sus páginas. La vida del protagonista Gonzalo se concreta en una serie de vivencias y actuaciones que se mezclan en su existencia, y pasan de una absoluta cordura a una autentica locura en sus actuaciones y sucesivas opiniones; pese a todo, el personaje, aflora como alguien inteligente capaz de sobrevivir tan solo en la vida de los demás, sin llegar a intensificar el significado de la suya propia, y así será capaz de imaginarla sin que por ello ponga remedio alguno. Es así como, tal vez, cierto sector de la sociedad vea a algunos individuos, y solo cuando alguien se interese por nosotros, justificamos nuestra presencia, caso de Ángela, quien sustenta la vida de Gonzalo, le otorga credibilidad y da los primeros pasos para convivir juntos y otorgarle un sentido a su vida. Aunque a medida que transcurre el tiempo, el personaje irá encerrándose aun más en su mundo, se convierte en alguien intransigente y violento y parece vivir en ese mundo de los sueños, donde todo parece real aunque desaparece cuando uno despierta.  

   El resto de la historia muestra a unos personajes que viven las misma histeria, y sin duda la alusión a “relojes muertos” se deba precisamente a que se comportan como tales, viven en una atormentada irrealidad marcada por un relojes que ya no marcan las horas, o les llevan solo a imaginar y nunca consiguen alejarse de una tragedia obsesiva que condiciona sus vidas y nunca les permite alejarse del sinsentido de una locura colectiva. Como en la novela, en nuestra lectura nos vamos deteriorando, al igual que su protagonista, Gonzalo que irá viendo como se aleja de Ángela, de sus compañeros del trabajo y de su pequeño mundo, en un progresivo deterioro que terminará por destruirlo totalmente. Y solo así comprendemos y diferenciamos las dos posibles partes de Relojes muertos, una novela ambiciosa y compleja, una primera cuando se describe el proceso de la enfermedad y de su estancia hospitalaria con su vuelta a un mundo que le resulta ajeno, y la segunda, esa realidad cotidiana donde el mundo del ensueño y las percepciones subjetivas se abrirán paso para ensayar una narración diferente que, no obstante, oprime aun más la voluntad del narrador y, al mismo tiempo, la del lector, aunque de esa curiosa simbiosis resulta lo mejor de la novela.


 










RELOJES MUERTOS
Eva María Medina
Madrid, Playa de Ákaba, 2015




martes, 17 de noviembre de 2015

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" EN "SUPLEMENTO DE LIBROS"



Reseña y crónica de la presentación en FNAC en la revista mexicana «Suplemento de Libros» de la novela de Eva María MedinaRelojes muertos (Playa de Ákaba, 2015).

Relojes muertos es un thriller psicológico “con una intensidad a veces poética. En este libro hay una voz que se construye con la síntesis, la elipsis y con la intensidad. Es un desafío por la historia que tiene entre manos por esa desnudez y renuncia a recargar el texto de elementos”, por lo que, en palabras del editor, resulta un debut pertubador.


Puedes leer el resto de la reseña en el enlace que sigue.





lunes, 11 de mayo de 2015

74ª FERIA DEL LIBRO DE MADRID

Estaré los días 7 y 8 de junio en la Feria del Libro de Madrid en la caseta 322 de 18 a 20 h. Si os queréis pasar para que os firme mi novela "Relojes muertos"(Ed. Playa de Akaba), o para charlar un rato, allí nos vemos. ¡Os espero!

sábado, 9 de mayo de 2015

"RELOJES MUERTOS" RECOMENDADA EN LA REVISTA LITERARIA OTROLUNES, CON EXTRACTOS DEL PRÓLOGO Y PRIMER CAPÍTULO

Relojes muertos
Eva María Medina
Playa de Ákaba, España 2015.
Prólogo de Juan Manuel de Prada

OtroLunes se siente orgulloso de poder presentar este fragmento de Relojes muertos, primera novela (una excelente novela como se verá) de la escritora española Eva María Medina, de quien hemos publicado algunos cuentos en numeros anteriores de nuestra revista. Aprovechamos este pequeño esfuerzo promocional sobre su obra, que recomendamos a nuestros lectores, para darle la bienvenida también como nueva columnista en NOMBRE DE LA COLUMNA (CON LINK).

eva-maria-medina-otrolunes36Tuve la inmensa suerte de conocer a Eva Medina en un curso de literatura, en Santander, en el que oficié de profe­sor; ella fue la alumna más inquisitiva y perspicaz, la más clarividente y azuzadora de la curiosidad. Enseguida me di cuenta de que tenía una vocación de caballo; impresión que confirmé cuando tuve entre mis manos esta novela, Relojes muertos. Antes de zambullirme en su lectura, sin embargo, no podía imaginarme que me hallaba ante una obra excelente que me iba a permitir adentrarme en los tortuosos caminos de la locura, en los vericuetos de las vi­das atroces de unos personajes marcados por la tragedia y empeñados en liberarse de sus tribulaciones personales, aunque, corno ya nos dijo Cioran, cuando el hombre no puede liberarse de sí mismo se deleita devorándose.
La autora no ha necesitado de una obra volumino­sa de páginas y de erudiciones para tejer una urdimbre compleja en torno a unos personajes que desde el prin­cipio se nos antojan tan cercanos como nosotros mis­mos, logrando una especial amalgama entre la realidad y la locura y arrastrándonos inevitablemente en el tor­bellino de la existencia del protagonista, marcada por la esquizofrenia, pero también por el anhelo de buscar un motivo que justifique y dé sentido a su azarosa y ator­mentada vida.
(…)
Eva María Medina construye esta prodigiosa nove­la con una prosa escueta, concisa, sin alharacas ni elucu­braciones, que huye de la escritura previsible y de falsas erudiciones, pero que es hasta tal punto eficaz que nos mantiene en vilo durare la lectura de esta novela corta pero no menos apasionante, que demuestra a las claras la enorme capacidad de la autora para sumergirnos en los lóbregos pasadizos de la esquizofrenia y para crear en solo ciento cincuenta páginas la historia entrecruzada de unos personajes de inabarcable y tumultuosa complejidad. Lo­gro que pedimos a Eva María que repita, a ser posible incansablemente, mientras le resten fuerzas, para depa­rarnos en el futuro la oportunidad de seguir disfrutan­do —de seguir estremeciéndonos— con sus historias, tan personales, tan infrecuentes, tan literatura en estado puro.
Juan Manuel de PradaTomado del prólogo a la novela

*****

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—1—


Me habían subido de planta. Venía del comedor, don­de se oían ruidos; de cubiertos, de platos, los enfermos hablaban alto. En la primera planta ni se hablaban ni se miraban, y si lo hacían, no se veían, como si algo interno se hubiese apagado.
Me tumbé en la cama, con las manos debajo de la ca­beza, repasando la pintura de las paredes. Encontré dón­de estaba el trabajo bien hecho y dónde no se habían es­forzado lo suficiente, y recordé la conversación con mi jefe. Me había llamado por la mañana. Me dijo que no me preocupase, que todo iría bien. ¿A qué se referiría?, ¿mi estado mental?, ¿el trabajo?
En el baño me fijé en mis ojos. El negro de pupi­las ensanchándose. Surgieron más: grandes, pequeños, miopes, alargados. Estos ojos me observaban. ¿Dón­de está la verdad?, ¿soy yo verdad? Intenté no pensar en ello, pero esas figuras parecían escrutarme. ¿Vemos realmente la imagen de lo que somos? Espejos cóncavos, convexos. Engaños de la mente, espejos que distorsio­nan las formas. Esos ojos saben la verdad. Y están todos. Director, compañeros, vecinos, portera. Me están espe­rando. Y lo saben todo. ¿Enfrentar esos ojos a los míos? ¿Volver a trabajar sabiendo que ellos saben, que disimu­lan que yo sé que saben?
Fui hacia la ventana. Con ese «lo saben todo» en mi cabeza, retorcí la cortina y miré tras el cristal. Las pier­nas de una mujer que cruzaba la calle parecían salirse de las rayas blancas del suelo. Alcé los ojos todo lo que pu­de, escalando barras de hierro que trazaban formas cua­dradas. Los brazos de esa mujer: largos, delgados, con brío. Subía las escaleras del hospital.
Bajé todo lo deprisa que pude. Llegué a la puerta fal­tándome el aire, tosiendo. Ya no estaba. Miré el reloj. Eran las cinco de la tarde. Decidí ir a la cafetería, tomar­me algo, y dejar que el tiempo pasara.
De pie, en la barra, alguien me habló. Gregorio. Era alto y escuchimizado. Lo primero que vi fueron sus ri­zos. Parecía simpático. Me contó que no tenía proble­mas, que era su mujer que le desquiciaba. Todos los días lo mismo: «Estás borracho, estaba preocupada, es muy tarde». «Me enervaba, y seguía, seguía, hasta conseguir que acabase pegándole. Como si necesitara algún argu­mento para dejarme. Desde el divorcio la echo de me­nos, si consigo dejar de beber…» El límite, pensé mien­tras él seguía hablando, una línea tan fina, qué fácil traspasarla y verse perdido al otro lado, sin poder hallar el camino de vuelta.
A las cinco, de nuevo en la ventana, oliendo a Ultraviolet Man, buscando los huecos entre las rejas. Veía un trozo de semáforo, el negro del alquitrán, brazos desnu­dos, ¿y ella? Me agaché. «Quizá desde abajo pueda verla mejor». Y, como si mirase a través de un microscopio, vi sustancias verdes moverse. Eran sus ojos. Cuando volví a mirar, ya no estaba.
Fui a la cafetería. Gregorio me llamó desde una me­sa del fondo. Se extrañó al verme tan elegante. Le dije que había venido mi novia. Sonrió y, con un codazo y un «¡qué calladito te lo tenías!», me presentó al grupo. Una mujer con la cara hinchada, un adolescente de ojos azules, una chica rubia, y un hombre gordo con barba. Contesté a sus preguntas sin saber muy bien si era yo el que hablaba, como si la voz saliera con distinto tono y emplease palabras que no solía utilizar.
La mujer de cara hinchada contó, sonriente, borra­cheras con su marido en un hotel de Nueva York. «Empe­zó a beber para contentarle», me dijo Gregorio, «y ahora ella también es alcohólica, como en Días de vino y rosas». Mientras Cristina seguía con las borracheras, me asalta­ron esos ojos verdes tras los barrotes. Y ya no era ella sino yo el que disfrutaba con mi novia en ese hotel de la Gran Manzana. Imagen que fue rota por el chico de ojos azules que gritaba: «¡El coche perdido, el coche perdido!». Gre­gorio me dio un codazo, «está tocao». Clavé mis ojos en los suyos. Retiró la mirada, bajando la vista al suelo.
Entre ese «está tocao» se acumulaban historias: la del relojero que bebía para mejorar su pulso en el trabajo, Gregorio contando sus últimos ligues, la mirada perdi­da del gordo de la barba. Y esos ojos verdes, y anorexia. ¿Anorexia? Anorexia nerviosa, anorexia nerviosa. Tuve que dejarlo, la cabeza me daba vueltas.
La imagen de mi novia volvió a surgir. Sus ojos, que­rían decirme tantas cosas. Sentí que esos ojos me eran familiares, a pesar de no haberlos visto nunca, y que se­ría difícil dejar de pensar en ellos, hasta conseguir que esas pupilas se fijasen en las mías. Estar más atento. Ver lo máximo de ella, más partes. Bostecé, una, dos veces. Los párpados cayeron. Quise subirlos. No pude. La figu­ra de la mujer de ojos verdes se hizo más nítida. Estaba esperando a cruzar la calle. Intenté fijarme en sus faccio­nes. Las rejas lo impedían, seccionando cara y cuerpo, de un modo raro, arbitrario. El pelo, antes castaño, era ahora negro: un negro sucio, enredado. Los labios, más carnosos, pintados de un rojo sangre. Grité, acordándo­me de que el pelo y los labios eran de una prostituta con la que había estado. ¡Cómo me habría confundido! Abrí los ojos. Todos me miraban. Estaba sudoroso. Me toqué la frente, tendría décimas. Gregorio me ayudó a levan­tarme cogiéndome de un brazo. Apoyé la cabeza en su hombro hasta llegar a mi habitación. Me tumbó en la ca­ma. Quería quedarse conmigo, pero le dije que no, que no había dormido bien esa noche, eso era todo. «Luego vengo», dijo seguido del ruido seco de la puerta.
Eran las cinco y media de la tarde del día siguiente. Me desperté de la siesta sintiéndome culpable, como si hubie­ra quedado con ella y no me hubiese presentado. Recordé el día en que me fijé en su pelo castaño, recogido por de­trás. Me la imaginé soltándoselo. Se quitaba las horquillas, despacio, muy despacio. Primero la de la derecha, la de la izquierda después. Tenía más horquillas, que se quitó gi­rando sus brazos como en una danza árabe. Me puse de lado, hacia la ventana. Me bajé la cremallera. Ella no se lo merecía. Pero empezó a acariciarse el pelo, entremetiendo los dedos, mirándome burlona, con ese entornar de ojos. Metí la mano dentro de los calzoncillos, insultándola, culpabilizándola de aquello. Me hablaba, palabras que no en­tendía. Ese mover de labios aceleró el movimiento. Se su­bía la falda, acariciándose los muslos. Después, sus dedos entre las bragas. Me corrí, en tres espasmos algo doloro­sos. No quise preocuparme, la primera vez no suele ser la mejor. Me tumbé boca arriba buscando su imagen. Antes de encontrarla, me quedé dormido.
Las seis menos diez. Me acerqué a la ventana. El no haber estado a las cinco me calmó la búsqueda, pero agrandó la quemazón. Me pareció verla, al lado del se­máforo, esperando que el hombrecillo de manos rígidas cambiase a verde. El semáforo se abrió. Una mujer. No muy alta, hombros anchos. Era ella. Caminaba con ese clic especial de su cadera. Era ella. Me miré en el cristal. Me vi tan desalmado que me escondí detrás de la corti­na, sacando solo la cabeza. Hoy la veía diferente. Lleva­ba un traje negro con cuello redondo, ajustado de pecho y cintura, que luego caía en tiras en forma de triángulos invertidos. Tendría una cita. Con algún médico. Empecé a moverme como animal salvaje al que acabaran de en­cerrar; de la ventana a la puerta, de la puerta a la cama, de la cama al sillón. La imagen del médico acercándose a ella. Su brazo, por encima del sofá, apenas tocando su piel, rozando el escote de su vestido negro.
Me eché sobre la cama. Las imágenes se repetían, co­mo hojas que te dan en la cara movidas por el viento; las mismas, que parecen las mismas. El médico, más cerca, de sus labios, de su cuerpo. Empecé a sudar. Me veía en una escena dentro de otra; ellos con el televisor encendi­do sin voz, y yo, dentro, viéndolo todo.
Cuando Gregorio llegó, yo seguía en la cama. Me preguntó qué tal estaba y, sin dejar que contestase, me habló de Inma. Vivía en el barrio de Salamanca y estu­diaba Artes y Oficios. Mientras me narraba, se golpeaba la frente con los dedos. Luego, los brazos desconectados, arrítmicos. Recordé que, cuando se refería a su exmu­jer, parecía que un hilo o alambre atravesara su cuer­po atemperando gestos, posturas. Hasta que se ofuscaba porque ella le había dejado. «Total, no bebía tanto y le había pegado poco, dos o tres veces.»
Ahora era Inma. Rubia. Los rasgos, «algo sumisos». El cuerpo, «alargado, músculos flacos». «Anoréxica, pe­ro de buena familia.» Cuando escuché esto, me reí. No­té que su silencio me censuraba. «Esta vez es distinto», me dijo.
Segundos más tarde, cambió de expresión. Sonreía y, al darme palmadas en la espalda, comprendí lo que ven­dría después.
Bajábamos las escaleras. Todo perdía perspectiva. ¿Es­tábamos ingresados en un hospital? En la planta tercera vi a dos enfermeras salir de una de las habitaciones y a varios locos desorientados. Entonces, todo se volvió más raro, como si un aura extraña, difusa, nos estuviese persi­guiendo, para que a las doce se rompiera el hechizo y nos diésemos cuenta de que no podíamos huir de ellos, ni del centro, ni de esa realidad que nos envolvía.
Cuando llegamos a la habitación de Inma, la puer­ta estaba abierta. Me quedé paralizado. Allí estaban esas motas de un verde oscuro sobre ese fondo claro; un ver­de ligero, casi transparente. Se llamaba Ángela. Al be­sarla bajé la vista fijándome en sus brazos, unos brazos musculosos que me excitaron. Se me hacía raro, esos rasgos masculinos en una mujer tan mujer.
Fuimos a la cafetería. Antes de que ellas se sentaran, Gregorio retiró las sillas, que se engancharon en las pa­tas metálicas de la mesa. Intentó sacarlas. No pudo. Va a ir mal, me dije. Al tercer o cuarto intento lo consiguió. Sonreí desdeñando un mal augurio.
Hablábamos. El olor del café mezclándose con ese olor seco, ácido y a la vez agrio de su perfume. Mientras la escuchaba me vi acariciando la taza, notando el calor, la suavidad. No quise mirar a Gregorio. La dejé sobre la mesa y, al dejarla, noté algo áspero: la mesa, la aspereza de la mesa. Y todo pareció derrumbarse. Pensé que de­bía relajarme y considerar todo en su conjunto: la aspe­reza de la mesa con la suavidad de la taza.
Nos despedimos de ellas. De camino al comedor, Gre­gorio me guiñó un ojo: «¿Te ha gustado, eh?». Desvié la mirada hasta que oí: «¿Y tu novia?». Me sonrojé. Le con­té la verdad. Me dijo que estaba chalao. «¡¿Mira que si se entera de que tienes novia, que es ella, y que ni ella lo sa­be?!». Nos miramos y no pudimos aguantar la risa.
Después de cenar me fui pronto a dormir. Gregorio se quedó con Inma. Cuando llegué a mi cuarto me tum­bé sobre la cama. No me acordaba de lo que habíamos hablado. Sé que todo había ido bien. Me desvestí, tiran­do la ropa al suelo. Me puse boca arriba: piernas y bra­zos ligeramente separados. Miré al techo. Las caras, no me había fijado. Solo la veía a ella, y de un modo entre­cortado, borroso. Todo en ella me gustaba. Su nariz an­cha, su cara redonda, sus ojos verdes. Lo imperfecto la hacía más bella. No sería tan linda sin esas pantorrillas como patas de jilguero, que eran suyas, que no podían ser de otra. Más bella, más perfecta dentro de lo imper­fecto. Grandes tetas y un buen culo, no demasiado respingón.
Me empalmé. No quería masturbarrne. Cuando es­tuviésemos juntos que ella lo hiciera, apretando contra mi estómago. Que luego sintiese su lengua bordeando. Lo sentía. Sentía esa humedad íntima y no podía alejar­la, decirle que no. Ahora me penetraba, era ella quien lo hacía. Entrar, sus fluidos, y esa vagina que presionaba, que rodeaba mi pene de tal forma que parecía hecho pa­ra ella.


Puedes comprar el libro en:http://www.amazon.es/Relojes-Muertos-Playa-ákaba-narrativa/dp/8416216258/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1452519467&sr=1-1&keywords=relojes+muertos

domingo, 21 de diciembre de 2014

PRESENTACIÓN DE "RELOJES MUERTOS" EN FNAC CALLAO

El próximo día 22 de enero de 2015 a las 19:30 presento mi novela Relojes muertos (Playa de Ákaba, 2015) en el FNAC de Callao, Madrid. Me acompañarán los escritores Juan Manuel de Prada (que prologa el libro) y Lorenzo Silva.

viernes, 19 de diciembre de 2014

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" EN TRABALIBROS






Tras leer la novela de Eva María Medina una duradera e inquietante sensación permanece en el interior, la de haber sido espectador de personajes existiendo en la no vida. Como así sucede con el protagonista, cuyo tiempo transcurre muerto.
La novela se desarrolla ante nuestros ojos a una velocidad fílmica, alcanzando cada uno de sus párrafos hondos pliegues del alma como la impresión recibida ante una buena película. Sirviéndose de una narrativa brillante y perspicaz, nos introduce en el culto al delirio. Porque el protagonista, desde su personal voz, nos habla de su propia incomprensión y caos existencial.
En esta historia abundan personajes atormentados con vidas desistidas y son ellos quienes acompañan ese tiempo muerto donde se suspenden sus existencias. Existencias de unos y otros mecidas por el vaivén de la temible esquizofrenia, mundo donde toda realidad coexiste absorbida por un vórtice coherente en su atroz vorágine, e incoherente para quienes observan en la comodidad del insolidario silencio al otro lado del espejo. 
El delirio visto desde dentro, comprendido por nosotros los lectores, incomprendido por el narrador, nos ofrece un tratamiento del tema original y un exquisito ejercicio narrativo, de gran precisión, y de perfecto control sobre el relato.
El texto es una composición de poderosas imágenes al servicio de la metáfora, como en el caso del mimo en el Retiro, contemplado en secreto. Ellas nos hablan de prisiones y encarcelamientos emocionales además de suponer momentos de inflexión para el personaje. Porque es entonces cuando emerge ese Madrid distorsionado para él, hermoso para nosotros, concluyendo en un fascinante resultado de emociones contrapuestas.  
Además, poderosas descripciones de entornos y personas refuerzan ideas y aconteceres de esta novela dotándola de una calidad literaria indiscutible. La autora sumerge a sus lectores en el complejo universo de una mente obsesiva, y confundida que se golpea a sí misma con cada suceso como el tictac de un reloj fanático, consiguiendo con ello, una tremenda sensación al pasar cada página, ¿pues qué esperanza tiene un reloj descontrolado? No demasiada.  
De igual modo sucede con el protagonista, ¿qué vida tiene? Ninguna, pues es imposible vivir así. Sin embargo su corazón continúa latiendo como una máquina con el alma desencajada. Debe seguir avanzando pues, el alma confundida en los delirios de la mente y el cuerpo sin estímulos, incapaz de sentir. Por eso su tiempo transcurre muerto, como el de los relojes golpeados, cuyas manecillas a lo mejor siguen avanzando en torpes intentos desacompasados, porque en realidad su mecanismos ya hace tiempo que están muertos. 
Así es, Relojes muertos. 


miércoles, 10 de diciembre de 2014

EDITORIAL PLAYA DE ÁKABA PUBLICA "RELOJES MUERTOS", DE EVA MARÍA MEDINA





En esta novela Eva María Medina teje una urdimbre compleja en torno a unos personajes que desde el principio se nos antojan tan cercanos como nosotros mismos, logrando una especial amalgama entre la realidad y la locura y arrastrándonos inevitablemente en el torbellino de la existencia del protagonista, marcada por la esquizofrenia, pero también por el anhelo de buscar un motivo que justifique y dé sentido a su azarosa y atormentada vida.
Una obra excelente que nos adentra en los tortuosos caminos de la locura, en los vericuetos de las vidas atroces de unos personajes, de inabarcable y tumultuosa complejidad, marcados por la tragedia y empeñados en liberarse de sus tribulaciones personales.
Eva María Medina construye esta prodigiosa novela con una prosa escueta, concisa, sin alharacas ni elucubraciones, que huye de la escritura previsible y de falsas erudiciones, pero que es hasta tal punto eficaz que nos mantiene en vilo durante la lectura de esta novela corta pero no menos apasionante, tan personal, tan infrecuente, tan literatura en estado puro.

                                
                             Del prólogo de Juan Manuel de Prada

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