Su mecanismo se ríe de ti, de todos nosotros. Hay que terminar con ellos, nos están contaminando con sus minutos, nos adormecen con sus cuartos, las horas nos ahogan. Créeme, tú eres pequeño y sabes menos de la vida, yo ya he pasado por muchas dictaduras de esferas y manillas que ahora estarán oxidadas.
¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo!

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miércoles, 25 de noviembre de 2015

PRÓLOGO DE "RELOJES MUERTOS" POR JUAN MANUEL DE PRADA

Prólogo

por Juan Manuel de Prada

Tuve la inmensa suerte de conocer a Eva Medina en un curso de literatura, en Santander, en el que oficié de profesor; ella fue la alumna más inquisitiva y perspicaz, la más clarividente y azuzadora de la curiosidad. Enseguida me di cuenta de que tenía una vocación de caballo; impresión que confirmé cuando tuve entre mis manos esta novela,  Relojes Muertos. Antes de zambullirme en su lectura, sin embargo, no podía imaginarme que me hallaba ante una obra excelente que me iba a permitir adentrarme en los tortuosos caminos de la locura, en los vericuetos de las vidas atroces de unos personajes marcados por la tragedia y empeñados en liberarse de sus tribulaciones personales, aunque, como ya nos dijo Cioran, cuando el hombre no puede liberarse de sí mismo se deleita devorándose.
La autora no ha necesitado de una obra voluminosa de páginas y de erudiciones para tejer una urdimbre compleja en torno a unos personajes que desde el principio se nos antojan tan cercanos como nosotros mismos, logrando una especial amalgama entre la realidad y la locura y arrastrándonos inevitablemente en el torbellino de la existencia del protagonista, marcada por la esquizofrenia, pero también por el anhelo de buscar un motivo que justifique y dé sentido a su azarosa y atormentada vida.
El protagonista de Relojes Muertos aborda con inquietud, pero también con ilusión, su vuelta al mundo real, pero quizá el único mundo real en el que él puede desenvolverse es aquel que ha dejado atrás, el mundo del hospital en el que ha estado internado. Afuera, en el mundo de los mal llamados seres cuerdos, nada va a ser real para él porque el protagonista no puede interpretar correctamente esa realidad que el mundo le ofrece. Él necesita revivir su pasado, pero la vida le niega toda posibilidad: sólo puede rememorarlo, como cuando piensa en Sara, aquella mujer que desapareció, según le cuentan los maliciosos, el mismo día en que él fue ingresado en el hospital, con las manos manchadas de sangre; Sara, cuya vida conocía y vivía junto a ella en su perturbada imaginación a través de los itinerarios que le sugerían los movimientos de su cuenta bancaria, que él rastreaba incansablemente; pero ahora Sara ha desaparecido y no puede encontrar su rastro ni en las páginas de sucesos ni en las esquelas que se afana minuciosamente en desentrañar, por si alguna de ellas contuviera alguna clave que sólo él, en su delirio, pudiese advertir.
Ni siquiera el amor de Ángela, a la que conoció en el hospital, va a poder proporcionarle una vida real que lo libere de los recuerdos de su vida pasada, porque lo que verdaderamente quiere el protagonista es poner en el rostro de Ángela el rostro de otras muchas mujeres, las mujeres de su vida pasada, reales o ficticias, y hacerle los mismos regalos que soñó hacerles a alguna de aquellas mujeres, como aquel que tenía especialmente reservado a Sara, ese baúl que dejó pagado y que nunca retiró de aquella tienda que ya no recuerda, y que ahora tiene que localizar en un dédalo de calles acompañado de Sara, porque él sigue viendo a Sara, paseando con Sara, comiendo con Sara, y cuando localiza la tienda el baúl presenta una fisura que después se irá agrandando y extendiéndose progresivamente a todo su ser, a su propia vida, a la vida de Ángela y a cuanto lo rodea, y que amenaza inevitablemente con engullirlo.
El tiempo del protagonista es el tiempo de los relojes muertos que pueblan la novela. Un tiempo parado que no puede conducirnos a futuro alguno, ni devolvernos al pasado, pero al que esperamos con la vista clavada en unas manecillas que ya jamás se pondrán en marcha para medir unas vidas que nunca volverán a ser nuevas, sino una repetición de aquellas otras que en realidad no hemos abandonado, porque nos tendrán sujetos a ellas de por vida. Los personajes que pueblan la novela de Eva Medina nos asustan y a la vez nos enternecen, porque se aferran con uñas y dientes a aquello que amaron y que su locura no ha podido borrar, o, por mejor decir, no se ha borrado de sus corazones porque su locura los amarra a ese tiempo que ya no miden los relojes averiados de la realidad. Su existencia consiste en una búsqueda de sucedáneos que les permitan seguir disfrutando del tiempo pasado, de ese tiempo detenido en las manecillas del reloj de sus respectivas vidas. Así Herminia, la viejecita huérfana de hijo, que en su bendita locura se inventa hijos a los que adoptar, aunque sea visitando hospitales o a través de fotografías apócrifas, para poder mantener viva la llama del hijo que se fue. O ese viejo varado ante el reloj de pared, que habla con él porque imagina que su mujer muerta habita entre sus engranajes detenidos, esperando que su mujer vuelva a la hora que marcan las manecillas inertes, aunque esa hora ya no llegará jamás. O Gregorio, su amigo del hospital, con el que tantas y tantas veces evocaba a Kundera, a propósito de sus respectivos y desgraciados amores; Gregorio, que en sus delirios etílicos no sabe qué curso ha de dar a su vida, si abrir un bufete o volver a ser funcionario de hacienda, aunque no pueda hacer ninguna de las dos cosas porque ni siquiera pasó por la universidad.
Eva María Medina construye esta prodigiosa novela con una prosa escueta, concisa, sin alharacas ni elucubraciones, que huye de la escritura previsible y de falsas erudiciones, pero que es hasta tal punto eficaz que nos mantiene en vilo durante la lectura de esta novela corta pero no menos apasionante, que demuestra a las claras la enorme capacidad de la autora para sumergirnos en los lóbregos pasadizos de la esquizofrenia y para crear en sólo ciento cincuenta páginas la historia entrecruzada de unos personajes de inabarcable y tumultuosa complejidad. Logro que pedimos a Eva María que repita, a ser posible incansablemente, mientras le resten fuerzas, para depararnos en el futuro la oportunidad de seguir disfrutando —de seguir estremeciéndonos— con sus historias, tan personales, tan infrecuentes, tan literatura en estado puro.


































































































































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martes, 17 de noviembre de 2015

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" EN "SUPLEMENTO DE LIBROS"



Reseña y crónica de la presentación en FNAC en la revista mexicana «Suplemento de Libros» de la novela de Eva María MedinaRelojes muertos (Playa de Ákaba, 2015).

Relojes muertos es un thriller psicológico “con una intensidad a veces poética. En este libro hay una voz que se construye con la síntesis, la elipsis y con la intensidad. Es un desafío por la historia que tiene entre manos por esa desnudez y renuncia a recargar el texto de elementos”, por lo que, en palabras del editor, resulta un debut pertubador.


Puedes leer el resto de la reseña en el enlace que sigue.





sábado, 9 de mayo de 2015

"RELOJES MUERTOS" RECOMENDADA EN LA REVISTA LITERARIA OTROLUNES, CON EXTRACTOS DEL PRÓLOGO Y PRIMER CAPÍTULO

Relojes muertos
Eva María Medina
Playa de Ákaba, España 2015.
Prólogo de Juan Manuel de Prada

OtroLunes se siente orgulloso de poder presentar este fragmento de Relojes muertos, primera novela (una excelente novela como se verá) de la escritora española Eva María Medina, de quien hemos publicado algunos cuentos en numeros anteriores de nuestra revista. Aprovechamos este pequeño esfuerzo promocional sobre su obra, que recomendamos a nuestros lectores, para darle la bienvenida también como nueva columnista en NOMBRE DE LA COLUMNA (CON LINK).

eva-maria-medina-otrolunes36Tuve la inmensa suerte de conocer a Eva Medina en un curso de literatura, en Santander, en el que oficié de profe­sor; ella fue la alumna más inquisitiva y perspicaz, la más clarividente y azuzadora de la curiosidad. Enseguida me di cuenta de que tenía una vocación de caballo; impresión que confirmé cuando tuve entre mis manos esta novela, Relojes muertos. Antes de zambullirme en su lectura, sin embargo, no podía imaginarme que me hallaba ante una obra excelente que me iba a permitir adentrarme en los tortuosos caminos de la locura, en los vericuetos de las vi­das atroces de unos personajes marcados por la tragedia y empeñados en liberarse de sus tribulaciones personales, aunque, corno ya nos dijo Cioran, cuando el hombre no puede liberarse de sí mismo se deleita devorándose.
La autora no ha necesitado de una obra volumino­sa de páginas y de erudiciones para tejer una urdimbre compleja en torno a unos personajes que desde el prin­cipio se nos antojan tan cercanos como nosotros mis­mos, logrando una especial amalgama entre la realidad y la locura y arrastrándonos inevitablemente en el tor­bellino de la existencia del protagonista, marcada por la esquizofrenia, pero también por el anhelo de buscar un motivo que justifique y dé sentido a su azarosa y ator­mentada vida.
(…)
Eva María Medina construye esta prodigiosa nove­la con una prosa escueta, concisa, sin alharacas ni elucu­braciones, que huye de la escritura previsible y de falsas erudiciones, pero que es hasta tal punto eficaz que nos mantiene en vilo durare la lectura de esta novela corta pero no menos apasionante, que demuestra a las claras la enorme capacidad de la autora para sumergirnos en los lóbregos pasadizos de la esquizofrenia y para crear en solo ciento cincuenta páginas la historia entrecruzada de unos personajes de inabarcable y tumultuosa complejidad. Lo­gro que pedimos a Eva María que repita, a ser posible incansablemente, mientras le resten fuerzas, para depa­rarnos en el futuro la oportunidad de seguir disfrutan­do —de seguir estremeciéndonos— con sus historias, tan personales, tan infrecuentes, tan literatura en estado puro.
Juan Manuel de PradaTomado del prólogo a la novela

*****

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—1—


Me habían subido de planta. Venía del comedor, don­de se oían ruidos; de cubiertos, de platos, los enfermos hablaban alto. En la primera planta ni se hablaban ni se miraban, y si lo hacían, no se veían, como si algo interno se hubiese apagado.
Me tumbé en la cama, con las manos debajo de la ca­beza, repasando la pintura de las paredes. Encontré dón­de estaba el trabajo bien hecho y dónde no se habían es­forzado lo suficiente, y recordé la conversación con mi jefe. Me había llamado por la mañana. Me dijo que no me preocupase, que todo iría bien. ¿A qué se referiría?, ¿mi estado mental?, ¿el trabajo?
En el baño me fijé en mis ojos. El negro de pupi­las ensanchándose. Surgieron más: grandes, pequeños, miopes, alargados. Estos ojos me observaban. ¿Dón­de está la verdad?, ¿soy yo verdad? Intenté no pensar en ello, pero esas figuras parecían escrutarme. ¿Vemos realmente la imagen de lo que somos? Espejos cóncavos, convexos. Engaños de la mente, espejos que distorsio­nan las formas. Esos ojos saben la verdad. Y están todos. Director, compañeros, vecinos, portera. Me están espe­rando. Y lo saben todo. ¿Enfrentar esos ojos a los míos? ¿Volver a trabajar sabiendo que ellos saben, que disimu­lan que yo sé que saben?
Fui hacia la ventana. Con ese «lo saben todo» en mi cabeza, retorcí la cortina y miré tras el cristal. Las pier­nas de una mujer que cruzaba la calle parecían salirse de las rayas blancas del suelo. Alcé los ojos todo lo que pu­de, escalando barras de hierro que trazaban formas cua­dradas. Los brazos de esa mujer: largos, delgados, con brío. Subía las escaleras del hospital.
Bajé todo lo deprisa que pude. Llegué a la puerta fal­tándome el aire, tosiendo. Ya no estaba. Miré el reloj. Eran las cinco de la tarde. Decidí ir a la cafetería, tomar­me algo, y dejar que el tiempo pasara.
De pie, en la barra, alguien me habló. Gregorio. Era alto y escuchimizado. Lo primero que vi fueron sus ri­zos. Parecía simpático. Me contó que no tenía proble­mas, que era su mujer que le desquiciaba. Todos los días lo mismo: «Estás borracho, estaba preocupada, es muy tarde». «Me enervaba, y seguía, seguía, hasta conseguir que acabase pegándole. Como si necesitara algún argu­mento para dejarme. Desde el divorcio la echo de me­nos, si consigo dejar de beber…» El límite, pensé mien­tras él seguía hablando, una línea tan fina, qué fácil traspasarla y verse perdido al otro lado, sin poder hallar el camino de vuelta.
A las cinco, de nuevo en la ventana, oliendo a Ultraviolet Man, buscando los huecos entre las rejas. Veía un trozo de semáforo, el negro del alquitrán, brazos desnu­dos, ¿y ella? Me agaché. «Quizá desde abajo pueda verla mejor». Y, como si mirase a través de un microscopio, vi sustancias verdes moverse. Eran sus ojos. Cuando volví a mirar, ya no estaba.
Fui a la cafetería. Gregorio me llamó desde una me­sa del fondo. Se extrañó al verme tan elegante. Le dije que había venido mi novia. Sonrió y, con un codazo y un «¡qué calladito te lo tenías!», me presentó al grupo. Una mujer con la cara hinchada, un adolescente de ojos azules, una chica rubia, y un hombre gordo con barba. Contesté a sus preguntas sin saber muy bien si era yo el que hablaba, como si la voz saliera con distinto tono y emplease palabras que no solía utilizar.
La mujer de cara hinchada contó, sonriente, borra­cheras con su marido en un hotel de Nueva York. «Empe­zó a beber para contentarle», me dijo Gregorio, «y ahora ella también es alcohólica, como en Días de vino y rosas». Mientras Cristina seguía con las borracheras, me asalta­ron esos ojos verdes tras los barrotes. Y ya no era ella sino yo el que disfrutaba con mi novia en ese hotel de la Gran Manzana. Imagen que fue rota por el chico de ojos azules que gritaba: «¡El coche perdido, el coche perdido!». Gre­gorio me dio un codazo, «está tocao». Clavé mis ojos en los suyos. Retiró la mirada, bajando la vista al suelo.
Entre ese «está tocao» se acumulaban historias: la del relojero que bebía para mejorar su pulso en el trabajo, Gregorio contando sus últimos ligues, la mirada perdi­da del gordo de la barba. Y esos ojos verdes, y anorexia. ¿Anorexia? Anorexia nerviosa, anorexia nerviosa. Tuve que dejarlo, la cabeza me daba vueltas.
La imagen de mi novia volvió a surgir. Sus ojos, que­rían decirme tantas cosas. Sentí que esos ojos me eran familiares, a pesar de no haberlos visto nunca, y que se­ría difícil dejar de pensar en ellos, hasta conseguir que esas pupilas se fijasen en las mías. Estar más atento. Ver lo máximo de ella, más partes. Bostecé, una, dos veces. Los párpados cayeron. Quise subirlos. No pude. La figu­ra de la mujer de ojos verdes se hizo más nítida. Estaba esperando a cruzar la calle. Intenté fijarme en sus faccio­nes. Las rejas lo impedían, seccionando cara y cuerpo, de un modo raro, arbitrario. El pelo, antes castaño, era ahora negro: un negro sucio, enredado. Los labios, más carnosos, pintados de un rojo sangre. Grité, acordándo­me de que el pelo y los labios eran de una prostituta con la que había estado. ¡Cómo me habría confundido! Abrí los ojos. Todos me miraban. Estaba sudoroso. Me toqué la frente, tendría décimas. Gregorio me ayudó a levan­tarme cogiéndome de un brazo. Apoyé la cabeza en su hombro hasta llegar a mi habitación. Me tumbó en la ca­ma. Quería quedarse conmigo, pero le dije que no, que no había dormido bien esa noche, eso era todo. «Luego vengo», dijo seguido del ruido seco de la puerta.
Eran las cinco y media de la tarde del día siguiente. Me desperté de la siesta sintiéndome culpable, como si hubie­ra quedado con ella y no me hubiese presentado. Recordé el día en que me fijé en su pelo castaño, recogido por de­trás. Me la imaginé soltándoselo. Se quitaba las horquillas, despacio, muy despacio. Primero la de la derecha, la de la izquierda después. Tenía más horquillas, que se quitó gi­rando sus brazos como en una danza árabe. Me puse de lado, hacia la ventana. Me bajé la cremallera. Ella no se lo merecía. Pero empezó a acariciarse el pelo, entremetiendo los dedos, mirándome burlona, con ese entornar de ojos. Metí la mano dentro de los calzoncillos, insultándola, culpabilizándola de aquello. Me hablaba, palabras que no en­tendía. Ese mover de labios aceleró el movimiento. Se su­bía la falda, acariciándose los muslos. Después, sus dedos entre las bragas. Me corrí, en tres espasmos algo doloro­sos. No quise preocuparme, la primera vez no suele ser la mejor. Me tumbé boca arriba buscando su imagen. Antes de encontrarla, me quedé dormido.
Las seis menos diez. Me acerqué a la ventana. El no haber estado a las cinco me calmó la búsqueda, pero agrandó la quemazón. Me pareció verla, al lado del se­máforo, esperando que el hombrecillo de manos rígidas cambiase a verde. El semáforo se abrió. Una mujer. No muy alta, hombros anchos. Era ella. Caminaba con ese clic especial de su cadera. Era ella. Me miré en el cristal. Me vi tan desalmado que me escondí detrás de la corti­na, sacando solo la cabeza. Hoy la veía diferente. Lleva­ba un traje negro con cuello redondo, ajustado de pecho y cintura, que luego caía en tiras en forma de triángulos invertidos. Tendría una cita. Con algún médico. Empecé a moverme como animal salvaje al que acabaran de en­cerrar; de la ventana a la puerta, de la puerta a la cama, de la cama al sillón. La imagen del médico acercándose a ella. Su brazo, por encima del sofá, apenas tocando su piel, rozando el escote de su vestido negro.
Me eché sobre la cama. Las imágenes se repetían, co­mo hojas que te dan en la cara movidas por el viento; las mismas, que parecen las mismas. El médico, más cerca, de sus labios, de su cuerpo. Empecé a sudar. Me veía en una escena dentro de otra; ellos con el televisor encendi­do sin voz, y yo, dentro, viéndolo todo.
Cuando Gregorio llegó, yo seguía en la cama. Me preguntó qué tal estaba y, sin dejar que contestase, me habló de Inma. Vivía en el barrio de Salamanca y estu­diaba Artes y Oficios. Mientras me narraba, se golpeaba la frente con los dedos. Luego, los brazos desconectados, arrítmicos. Recordé que, cuando se refería a su exmu­jer, parecía que un hilo o alambre atravesara su cuer­po atemperando gestos, posturas. Hasta que se ofuscaba porque ella le había dejado. «Total, no bebía tanto y le había pegado poco, dos o tres veces.»
Ahora era Inma. Rubia. Los rasgos, «algo sumisos». El cuerpo, «alargado, músculos flacos». «Anoréxica, pe­ro de buena familia.» Cuando escuché esto, me reí. No­té que su silencio me censuraba. «Esta vez es distinto», me dijo.
Segundos más tarde, cambió de expresión. Sonreía y, al darme palmadas en la espalda, comprendí lo que ven­dría después.
Bajábamos las escaleras. Todo perdía perspectiva. ¿Es­tábamos ingresados en un hospital? En la planta tercera vi a dos enfermeras salir de una de las habitaciones y a varios locos desorientados. Entonces, todo se volvió más raro, como si un aura extraña, difusa, nos estuviese persi­guiendo, para que a las doce se rompiera el hechizo y nos diésemos cuenta de que no podíamos huir de ellos, ni del centro, ni de esa realidad que nos envolvía.
Cuando llegamos a la habitación de Inma, la puer­ta estaba abierta. Me quedé paralizado. Allí estaban esas motas de un verde oscuro sobre ese fondo claro; un ver­de ligero, casi transparente. Se llamaba Ángela. Al be­sarla bajé la vista fijándome en sus brazos, unos brazos musculosos que me excitaron. Se me hacía raro, esos rasgos masculinos en una mujer tan mujer.
Fuimos a la cafetería. Antes de que ellas se sentaran, Gregorio retiró las sillas, que se engancharon en las pa­tas metálicas de la mesa. Intentó sacarlas. No pudo. Va a ir mal, me dije. Al tercer o cuarto intento lo consiguió. Sonreí desdeñando un mal augurio.
Hablábamos. El olor del café mezclándose con ese olor seco, ácido y a la vez agrio de su perfume. Mientras la escuchaba me vi acariciando la taza, notando el calor, la suavidad. No quise mirar a Gregorio. La dejé sobre la mesa y, al dejarla, noté algo áspero: la mesa, la aspereza de la mesa. Y todo pareció derrumbarse. Pensé que de­bía relajarme y considerar todo en su conjunto: la aspe­reza de la mesa con la suavidad de la taza.
Nos despedimos de ellas. De camino al comedor, Gre­gorio me guiñó un ojo: «¿Te ha gustado, eh?». Desvié la mirada hasta que oí: «¿Y tu novia?». Me sonrojé. Le con­té la verdad. Me dijo que estaba chalao. «¡¿Mira que si se entera de que tienes novia, que es ella, y que ni ella lo sa­be?!». Nos miramos y no pudimos aguantar la risa.
Después de cenar me fui pronto a dormir. Gregorio se quedó con Inma. Cuando llegué a mi cuarto me tum­bé sobre la cama. No me acordaba de lo que habíamos hablado. Sé que todo había ido bien. Me desvestí, tiran­do la ropa al suelo. Me puse boca arriba: piernas y bra­zos ligeramente separados. Miré al techo. Las caras, no me había fijado. Solo la veía a ella, y de un modo entre­cortado, borroso. Todo en ella me gustaba. Su nariz an­cha, su cara redonda, sus ojos verdes. Lo imperfecto la hacía más bella. No sería tan linda sin esas pantorrillas como patas de jilguero, que eran suyas, que no podían ser de otra. Más bella, más perfecta dentro de lo imper­fecto. Grandes tetas y un buen culo, no demasiado respingón.
Me empalmé. No quería masturbarrne. Cuando es­tuviésemos juntos que ella lo hiciera, apretando contra mi estómago. Que luego sintiese su lengua bordeando. Lo sentía. Sentía esa humedad íntima y no podía alejar­la, decirle que no. Ahora me penetraba, era ella quien lo hacía. Entrar, sus fluidos, y esa vagina que presionaba, que rodeaba mi pene de tal forma que parecía hecho pa­ra ella.


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martes, 14 de abril de 2015

"RELOJES MUERTOS": LITERATURA VERDADERA

En la presentación del libro Relojes muertos el pasado 22 de enero en el FNAC de Callao, Madrid, el escritor y editor Lorenzo Silva explicó por qué habían apostado por esta novela y por su autora, a quién consideró una escritora de verdad, con vocación, que se entregaba con talento y dedicación a lo que hacía, y que además alcanzaba resultados que merecían una atención mayor.
Lorenzo Silva describió la novela como «impactante» al presentar «una historia dura, compleja y valiente» como es la de la enfermedad mental. En este libro hay «una voz original que se construye con la síntesis, la elipsis y con la intensidad. Un desafío por la historia que tiene entre manos, por esa desnudez y renuncia a recargar el texto de elementos, consiguiendo una riqueza expresiva, a veces poética. Una historia construida a partir de metáforas poderosas», por lo que en palabras del editor, resultaba un debut perturbador.
Juan Manuel de Prada, prologuista del libro, comentó que al leer esta novela se sorprendió, «no esperaba que el libro fuera tan arriesgado, tan original, tan maduro, no en el sentido aciago sino en el sentido hondo de la palabra. Me asombró también el estilo, preciso a la historia que quiere contar y al tono que adopta, sobre todo porque (la autora) tiene voz. Escritura descarnada, en la que importa, tanto o más, lo que se oculta que aquello que se dice explícitamente.»
Aunque el tema de la locura puede parecer arduo, es cercana al lector y se compensa con fragmentos más distendidos: cuando el protagonista intenta escribir y termina borracho, con muchas ideas, pero sin lograr escribir. Según Juan Manuel «el toque humorístico aflora en algunos pasajes de la novela, momentos en medio de esas zonas de sombras en los que brillan luces, locuras que de repente se tornan quijotescas, amables. En el libro hay una mirada extraordinariamente caritativa (fundamental en el escritor) sobre la locura y sobre la propia naturaleza humana —con sus miserias, vilezas y sus grandezas—, la única que hace posible la empatía con los personajes, que veamos a esos personajes como reflejos de nosotros mismos, como hermanos del alma con quienes podemos identificarnos.»
«Relojes muertos pertenece a la literatura verdadera», nos confesó Juan Manuel, «que es aquella con la que mantenemos un forcejeo, que nos exige, nos reclama, que nos interpela. Lectura divertida, pero al mismo tiempo es una lectura exigente, perturbadora, conmovedora pero al mismo tiempo desgarradora. La literatura que nos ayuda a explicarnos, que acierta a alumbrar pasajes oscuros de la naturaleza humana.»
Concluye diciendo: «Sin renunciar a la tradición literaria, Eva María Medina narra una historia de una manera totalmente nueva, penetrando en el mundo de la locura de un modo único».


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miércoles, 11 de febrero de 2015

LORENZO SILVA Y JUAN MANUEL DE PRADA PRESENTAN "RELOJES MUERTOS"

Lorenzo Silva y Juan Manuel de Prada presentan “Relojes muertos” de Eva María Medina


Pocos escritores podrán presumir de tener como presentadores de su obra a los dos que tuvo Eva María Medina en la presentación de su libro “Relojes muertos”. En la sala de la FNAC de Callao a rebosar, la escritora madrileña estuvo acompañada por los escritores Lorenzo Silva y Juan Manuel de Prada. Ambos han conseguido el prestigioso premio Planeta, entre otros muchos galardones.

Ambos escritores se conocen desde hace veinte años, “cuando éramos jóvenes y neófitos”, recuerdan los dos en sendos pasajes de la presentación. Lorenzo Silva es uno de los más reconocidos autores de novela negra de España, con libros magníficos, pero inferiores a sus obras sobre Marruecos, absolutamente magistrales. Juan Manuel de Prada es otro excelente autor de novelas, algunas de ellas muy innovadoras, como Las máscaras del héroe. Ambos han escrito sobre la División Azul. Lorenzo, Niños feroces y Juan Manuel, Me hallará la muerte, una de las mejores novelas de los últimos años.

Con Lorenzo Silva, dando la alternativa y Juan Manuel de Prada confirmándola, la escritora madrileña no puede ser, y no lo es, un montaje editorial. Eva María Medina es una escritora de raza que ha encontrado su propia voz en el panorama literario español. Relojes muertos es una novela arriesgada que trata un tema complicado, la locura, del que la sociedad actual huye como de la peste. La autora necesitaba una editorial que compartiese sus mismas prioridades y la ha encontrado en Playa de Ákaba, que codirigen el matrimonio Lorenzo Silva y Noemí Trujillo.

“Últimamente el panorama editorial es desolador y el número de lectores está retrocediendo”, afirma el escritor madrileño y getafense o getafeño de corazón. De ahí que una editorial como la que él ha creado es necesaria. Él mismo lo dice cuando subraya que “libros realmente valiosos de escritores valiosos se estaban empezando a perder”. De ahí que quiera aportar su granito de arena, “siempre cuadrando las cuentas de la editorial”, apunta, con la publicación de nueve o diez libros interesantes todos los años.

Sin embargo, los títulos que llevan publicando en estos dos años de vida se salen de lo corriente. Relojes muertos es “un libro intenso, con una historia dura y valiente construida a través de muchas metáforas, confeccionadas con gran habilidad y sutileza”, opina Lorenzo Silva sobre esta nueva escritora, que cumple el precepto principal de la creación literaria, que es perturbar al lector.

A continuación tomó la palabra Juan Manuel de Prada, autor del prólogo del libro, que ha apostado por la escritora a la que conoció como alumna en un curso de literatura en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. El escritor de Baracaldo expresó su opinión sobre el mal momento vive la literatura. “Si en España escribir es llorar, ahora es como pasear por un alambre colgado de un precipicio”, dijo con toda la razón.

Para él la novela que se presentaba es “original, arriesgada y trata una cuestión incómoda y escabrosa como es la esquizofrenia, enfermedad que la sociedad quiere ocultar”. Recordó que hace unos diez años, él también escribió una novela sobre la locura, “La vida invisible” y lo desasosegante que es hacerlo. En su opinión, “la verdadera literatura no es la que engancha, sino la que nos exige un esfuerzo de atención” y la novela de Eva María Medina lo consigue y también engancha.

Finalizó el acto con palabras de agradecimiento de la novel escritora hacia sus presentadores y hacia sus lectores. “El feedback es fundamental para un escritor. Toda obra necesita un lector, si no está coja”.

No un lector, sino muchos, son los que va a tener Eva en esta profesión en la que ahora se inicia y que le depara un futuro ilusionante.

Puedes comprar el libro en:


domingo, 21 de diciembre de 2014

PRESENTACIÓN DE "RELOJES MUERTOS" EN FNAC CALLAO

El próximo día 22 de enero de 2015 a las 19:30 presento mi novela Relojes muertos (Playa de Ákaba, 2015) en el FNAC de Callao, Madrid. Me acompañarán los escritores Juan Manuel de Prada (que prologa el libro) y Lorenzo Silva.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

EDITORIAL PLAYA DE ÁKABA PUBLICA "RELOJES MUERTOS", DE EVA MARÍA MEDINA





En esta novela Eva María Medina teje una urdimbre compleja en torno a unos personajes que desde el principio se nos antojan tan cercanos como nosotros mismos, logrando una especial amalgama entre la realidad y la locura y arrastrándonos inevitablemente en el torbellino de la existencia del protagonista, marcada por la esquizofrenia, pero también por el anhelo de buscar un motivo que justifique y dé sentido a su azarosa y atormentada vida.
Una obra excelente que nos adentra en los tortuosos caminos de la locura, en los vericuetos de las vidas atroces de unos personajes, de inabarcable y tumultuosa complejidad, marcados por la tragedia y empeñados en liberarse de sus tribulaciones personales.
Eva María Medina construye esta prodigiosa novela con una prosa escueta, concisa, sin alharacas ni elucubraciones, que huye de la escritura previsible y de falsas erudiciones, pero que es hasta tal punto eficaz que nos mantiene en vilo durante la lectura de esta novela corta pero no menos apasionante, tan personal, tan infrecuente, tan literatura en estado puro.

                                
                             Del prólogo de Juan Manuel de Prada

http://playadeakaba.com/?q=obras/relojes-muertos
http://playadeakaba.es/relojes-muertos/