Su mecanismo se ríe de ti, de todos nosotros. Hay que terminar con ellos, nos están contaminando con sus minutos, nos adormecen con sus cuartos, las horas nos ahogan. Créeme, tú eres pequeño y sabes menos de la vida, yo ya he pasado por muchas dictaduras de esferas y manillas que ahora estarán oxidadas.
¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo!

viernes, 30 de mayo de 2014

RELATOS EN LIBERTAD


La Antología RELATOS EN LIBERTAD continúa la línea inclusiva y plural del programa de edición y publicación de libros que viene encarando ANUESCA con la dirección de la escritora Harmonie Botella Chaves. Escritoras y escritores participantes muestran en esta obra las diferencias que sutilizan el oficio narrativo, a la vez que abren un abanico de poéticas diversas, enriquecedoras para lectora y lector, como sucede siempre con la diversidad de enfoque de saberes y de hacer. Pinta tu aldea, y pintarás el mundo, dice un refrán, aunque suele atribuirse su autoría al poeta y dramaturgo William Shakespeare y también al escritor ruso León Tolstoi. Los relatos de esta Antología ponen de manifiesto la sabiduría popular de ese decir que se siente anónimo y atemporal, ya que los textos seleccionados marcan rasgos identitarios desde un lenguaje castellano que por momentos se sumerge en vocablos, construcciones, poéticas y giros de distintas regiones hispanohablantes, en la frondosidad y capas en constante dinamismo que van constituyendo las comunidades, sus tradiciones y culturas. En esa búsqueda y afianzamiento de identidades, la Antología muestra formas lingüísticas propias, la mayoría no demasiado conocidas, al menos para mí, que tengo por norte el Sur en la otra orilla del Atlántico, y sin embargo resultan fácilmente comprensibles en el devenir de lectura. Los buceos por profundidades culturales, por los rizomas que interconectan raíces, dan a conocer inclusive ¡y en buena hora que así sea! modalidades de lenguas no romances provenientes de pueblos originarios. Tal es el caso de Francisco Lezcano-Lezcano en su relato EL PEQUEÑO ALGEGÜELLA: “El achuteiga, el guerrero de valor, sonrió”. “Algegüela temía que el vuelo de pájaro despavorido que sentía en su pecho, delatara su intención. Padre e hijo y la solidaridad de la comunidad de nativos frente a “la invasión hombres extraños, llegados sobre el mar en un gran pájaro blanco, eran muy peligrosos, mucho más que un tibicenas.” A las características distintivas mencionadas se agrega la del detalle, la diferencia que nos marca y visibiliza, sea este relieve proveniente de investigación y género en una historia de vida excepcional, como lo es la de MARJIA SKLODOWSKA, UNA MUJER DIFERENTE, de Harmonie Botella; el humor, realismo y picardía de MILAGRO EN EL CAMINO DE SANTIAGO, de Daniel de Culla; el juego ambivalente entre sueño/realidad en LA ÚLTIMA MISION de Vicente Palao, por no citar sino algunas de las variadas temáticas y estructuras textuales que ofrece el libro. Lo amatorio y testimonial vividos en territorios disímiles, subjetivos o geográficos, campean en narraciones como AZUL y MI RÍO, de Mirta del Carmen Gaziano de Bella, de Argentina, EL SÍNDROME DEL ADIÓS, de Nicolás Mateo, de la República Dominicana, o EL CAPITÁN ENZO PALAZIO de Remedios de Los Ángeles Climent, de El Campello. Los siempre interrogantes acerca de los misterios de la muerte y de la vida cruzan intertextualidades desde el tratamiento micro o macro, con presencia constante del claroscuro del ser humano, sus relaciones, sus máscaras. Estas temáticas se desgranan y apelan al lector en relatos como MIS OTRAS VIDAS de Manolo Condevolney; El MODELO de Miguel Ángel Garrido; SIMPLEMENTE LA VIDA de Violeta Gambín Sevilla; VENCER AL MAR, de Manoli Lorente Lax; TAN FRÁGIL COMO UNA HORMIGA SECA, de Eva María Medina Moreno; LA ESPADA DE ZENITH de Cristián Mínguez o RECORDAR EL OLVIDO, de Irene Mercedes Aguirre, de Avellaneda, Bs.As., dan cuenta de episodios sociales que aún siguen siendo parte de la sombra, sin distinción de fronteras o continentes, de nuestro llamado mundo globalizado Invito a lectoras y lectores a acompañar esta nueva apuesta a la lectura activa que realiza ANUESCA con RELATOS EN LIBERTAD, libro que cuenta con escritoras y escritores que arriesgan su palabra ficcional desde Barcelona, Madrid, El Campello, Alicante, Canarias, Murcia, Aragón o Entre Ríos, Buenos Aires y Neuquén de Argentina, República Dominicana y Piura de Perú.
     
Lilí Muñoz
Ciudad de Neuquén, Provincia del Neuquén, Patagonia, Argentina.
Delegada de ANUESCA en Patagonia

martes, 25 de febrero de 2014

RESEÑA DE "EL FRÍO DE LA FE", DE JAVIER FLORES LETELIER, POR EVA Mª MEDINA MORENO

Javier Flores Letelier da voz a un hombre enfermo, rabioso. Un hombre que siente la necesidad de golpear contra las bestias de los vitrales. Que quiere ver la tumba de su hijo, construida con sus manos. Que busca su cadáver y encuentra el reflejo de un mal endémico. Lluvia estancada, hogares incendiados, sed y hambre, guerrillas, drogas y dioses. Tierra ilícita y quebradiza.
Aunque la memoria se lleve trozos de su piel, el poeta clava sus uñas en la tierra donde llegaron los conquistadores perdidos. Nos habla del dictador que sigue aleccionando detrás del cristal de sus retratos, de la resignación del condenado, de esas cicatrices que han sobrevivido después de tantos años. La memoria vista como la mayor de las bestias.

La esencia cálida del carbón en el viento
tocó la frente del condenado antes del sonido de los disparos
rasgando la madera pálida donde el retrato del dictador
alecciona a las generaciones venideras a mantener un férreo silencio
frente a la violación del prójimo
para ser dignos del llanto de los camposantos.
La sangre llenó la visión de la luz bajo cada roca,
las alas imaginarias de los terrenos devastados,
el ruedo del alma de las máquinas
impregnadas con el olor de los alimentos descompuestos
que las criaturas perseguidoras del sol de la frontera
cargan en sus consciencias.
La aurora del humo se inflama
y los que han sobrevivido observan sus cicatrices
como a imperios malditos que no desaparecerán;
la memoria es la mayor de las bestias.
La sangre invade todo el poemario; la de los heridos, la de los muertos, la de los que están aún por nacer. Sangre enferma ‒como la de nuestro poeta‒ derrochada por el culto a los dioses, por la ignorancia de los mártires. «El depredador no ataca en nombre de la moral», nos dice, «que redime la culpa por la pobreza, /lo hace desde el frío de la fe.»
Javier Flores Letelier reflexiona sobre la dignidad de la venganza, la necesidad de pedir perdón por los errores de nuestros antepasados, y esa exigencia morbosa de castigo en, los que considero, los mejores poemas del libro.

No vayas hacia la matriz de la ternura.
Aliméntate desnudo
en la tierras quebradizas
de la ciudad
sacrificada hasta la ceniza
de cada mordida del aire vívido
en su significado animal.
Verás que sabes pelear
como si el hierro nunca hubiese sido forjado.
Mantén el rostro amenazante
en la dignidad de la venganza
para que la inocencia sea obvia
ante quienes han vivido contigo
aquellos tres segundos indivisibles
de la cruz en llamas en los murallones.
No vayas hacia la luz ahora,
ya hace mucho antes de la caída
habías recibido la pronunciación de la profunda quebrada
en la libertad de las pesadillas,
la redención del espectro salvaje
en el rostro del niño del pecho partido,
la prima trashumancia en la vertiente de lo indígena y lo sacro.
Cada nuevo siglo pedimos perdón
por lo hecho por nuestros antepasados
a quienes eligieron
no confinar hacia el murmullo herido
de los símbolos ocultistas
la necesidad de golpear contra las bestias de los vitrales
y fueron expuestos
en el diagrama del cinismo
del sello público
como las facciones bifurcadas del origen
ante el que nos inclinamos,
pedimos perdón por lo hecho
por nuestros antepasados a nuestros antepasados,
por las amenazas pregonadas desde las cúpulas
que nos aleccionan en el presente
con la excusa del aviso de lo increado
en los antiguos restos.
Cada nuevo siglo, en el terror
del vértigo de la presencia
castigamos a quien
cruzado por los estigmas
del hierro degradado
representará la sabiduría abandonada
en el morbo de la esencia
pulverizada
de la visión de los mundos
concretos
en los que se fragmenta el metal
de la mente
por la incertidumbre peregrina
de la religión de las ciudades devastadas,
la túnica petrificada envolviendo
al animal, mortaja
y materia en la reflexión
del indigente que mira receloso la desconfianza
con la que fingen contemplarlo,
el deber con el que lo buscan
para golpearlo y exhibirlo públicamente
en nombre de la gracia del camino
que traza su cuerpo magullado.
El poeta quiere huir de la muerte, que se esconde detrás de los objetos; esos «objetos de la memoria que tienen su propio olor». Rememora un pasado de crímenes, vejaciones, tras la sonrisa envejecida de aquella mujer a la que una vez amó. Quiere «mantener el dolor en el fuego de los pómulos». Busca sus raíces, su rostro, en lo indígena, en lo sacro. «Necesita incendiar el imperio, ver la estructura metálica exhibida cadente, impredecible…». Se convierte en asesino mientras frota «el agua contra la herida pero la hemorragia no cede». Y escucha, como esos rapaces desvestidos, «los lamentos de los fieles cuando encuentran los milagros/ en el castigo de las figuras envueltas en llamas».

martes, 14 de enero de 2014

EPÍLOGO DE "CUENTO Y APARTE" DE JUAN CRUZ

Epílogo de Cuento y aparte de Juan Cruz 
Por Eva María Medina Moreno

Un hombre amnésico vomita notas de libros hasta quedarse vacío. Otro hombre se pierde en el color de un cuadro. El dolor engendra locura. A Elías le gusta caminar por los bordillos, verse solo, poner en juego su yo más profundo. La soledad engendra locura. En una secta sus miembros quieren liberar al mundo de toda utopía. La realidad engendra locura.

«La muerte es inocente», nos dice el autor, «la muerte no aprieta el gatillo, no clava una estaca, la muerte no sabe abrir la espita de gas y tampoco te aplasta la cabeza de un martillazo». En «Holocausto» su protagonista ve en la muerte su forma de salvación.

La ficción se come a los personajes, masticándolos despacio, y después escupe restos de ojos, cejas, bocas, y algún zapato viejo. La línea que separa ficción y realidad se desdibuja; cuerpos que salen de los libros, tipos de letras que luchan para ser ellas las que cuenten la historia. Lo fantástico escurriéndose entre paredes cotidianas. 

La necesidad de reinventarse cada día, de ese exilio del que nos habla Juan Cruz; verse al otro lado del espejo. Un espejo opaco, con manchas negras en los bordes. Un espejo en el que cuesta tanto reconocerse… 


A Juan Cruz el mundo ‒infinito, inabarcable‒ le cabe en una mano; mano que cierra, apretando fuerte, muy fuerte, hasta ver trocitos de cabezas, de ropa, saliendo entre sus dedos. Si Dios no ha sido piadoso, piensa el escritor mientras sigue estrujando su mano, ¿por qué lo voy a ser yo?

El autor nos dice, «la carretera lo es todo. El paisaje también», mientras sus personajes se sienten presos en lo finito, repeliendo lo cotidiano. En «Literadura» un hombre dentro de un laberinto nos pregunta: «¿Cómo se puede habitar un camino?», y él mismo se contesta afirmando: «Se trata de hacer de la búsqueda un hogar definitivo». En «Negros» unos escritores intentan «robarle tiempo al camino».

Reencuentros, libros, teorías, juegos, sueños… La felicidad cogida con pinzas en el sabor erróneo de un café, y ese intentar escribir algo que atestigüe que la vida mereció la pena. «Toda creación», piensa el escritor, «lleva dentro el testimonio de lo marchito, de la muerte». 

La vida vista como un puzzle viejo; las esquinas de muchas de sus piezas dobladas, el dibujo descolorido, algunas rotas, y faltan tantas… Y el autor tan cansado de mirar debajo del sofá. http://issuu.com/revistagroenlandia/docs/cuento_y_aparte_juan_cruz_lopez2

sábado, 16 de noviembre de 2013

RESEÑA DE "SOMBRAS" EN ACANTILADOS DE PAPEL

Eva Medina MorenoSombras de Eva Medina
Sombras
Groenlandia Ed. Digital – (Madrid/Córdoba 2013)
Ideal para los lectores de relato oscuro. ¿Surrealismo, quizá? No sé… No estoy capacitada para manifestarme al respecto.
En mi opinión como lectora, sin tener en cuenta otros detalles más eruditos,Sombras es una recopilación de relatos donde la demencia toma la palabra para expresarse por sí misma, sin intermediarios. A través de sus páginas, realidad y alucinación caminan de la mano.
La autora ha empleado en su discurso oraciones cortas, con un gran despliegue descriptivo, tanto en lo referente al instante psicológico o de comportamiento como al subjetivo, de manera que el lector pueda apreciar perfectamente las sensaciones y emociones que se desean transmitir.
Desde el primer relato Tan frágil como una hormiga seca hasta el último Sombras que da título a este volumen, el lector se ve arrastrado hacia la idea misma. Vivirá en primera persona lo experimentado por el rechazo de una madre, las consecuencias del alcoholismo, el instante previo al suicidio y el despertar a intervalos de la pesadilla que supone la abstinencia cuando se trata de presentarle batalla.
En Sombras el lector no encontrará los finales felices, ni aquellos puntos de reflexión tras la lectura de otros géneros, pero no permanecerá indiferente ante lo que le es narrado. A mí, personalmente, y sin ser éste un género que me atraiga demasiado, he de confesar que me han impresionado muchos de los aspectos encontrados en este libro.
Al tratarse de una lectura digital, no me resulta fácil la recopilación de aquellos fragmentos o citas que más me llaman la atención. No obstante, he tomado notas de aquellos en los que me he detenido por merecerme especial interés en cuanto al léxico empleado y las expresiones metafóricas o comparativas, sobre todo, en el relato titulado Delirio:
« […] La ventana sigue allí, pero sueño que la estoy soñando… Traje hecho de piel. Piel enferma sobre piel enferma… Disfrazado de mí mismo… Las piernas endurecidas, como títere al que han cortado los hilos de los pies […]»
Éste que cito, Delirio, creo que es uno de los que más han captado mi interés. No quiere decir esto que el resto de relatos hayan pasado desapercibidos, pero, sin duda, la soledad, el miedo, la desorientación y otros conceptos abstractos, son mostrados aquí como si se tratase de objetos físicos expuestos en una vitrina a la vista del lector.
Esta definición de vitrina o escaparate podría muy bien aplicarla al resumen de éste, mi comentario sobre Sombras: Una vitrina donde predomina la obsesión y la vigilia se hace imprescindible; un escaparate en el que, el temor al descontrol de la propia voluntad, las consecuencias de la rutina, la mordaza del tiempo, el punto de partida sin salida desde ningún lugar, la decepción… dejan de ser de ideas para convertirse en sensaciones percibidas desde la distancia que media entre la pluma de la autora y la conciencia del lector.
Lola Estal

lunes, 2 de septiembre de 2013

ENTREVISTA PUBLICADA EN LAS REVISTAS LITERARIAS "LA IRA DE MORFEO", "LITERATURA VIRTUAL" Y "LA NÁUSEA"



http://lanauseanoticias.blogspot.com.es/2013/09/entrevista-eva-maria-moreno-revista.html
«En este número tengo el placer de ofreceros una entrevista realizada a Eva María Medina, colaboradora asidua de nuestra revista. Sus respuestas son tremendamente reveladoras para todos aquellos autores que –a pesar de nuestra edad‒ nos consideramos noveles; pues nos hará ver y entender cómo es el día a día en el trabajo de un escritor –escritora en este caso‒ sea o no consagrado».
Enrique Eloy de Nicolás, director de la revista literaria HORIZONTE DE LETRAS.
http://es.scribd.com/doc/138860317/N%C2%BA-18

sábado, 10 de agosto de 2013

JUEGO DE LETRAS

Tenía todo preparado. Los folios, a la izquierda. Bolígrafos, dos de cada color −rojo, azul y negro−, a mi derecha. El ordenador, en el centro. La silla, muy cerca de la mesa, con el cojín para los riñones, dos paquetes de cigarrillos y un vaso de whisky con hielos. Así me imaginaba la mesa de un escritor, aunque todo revuelto. Caótico.
Mezclé los bolígrafos con las hojas. Se cayeron folios y bolígrafos. Les di una patada. Escritor maldito, me dije con sonrisa diabólica. Encendí un cigarrillo, que saqué de uno de los paquetes de Marlboro que había comprado esa mañana. Imaginé que me entrevistaban, para El País o El Mundo, y puse posturas de gran intelectual; ahora con la mano izquierda, en la frente, apretando las sienes, ahora con el cigarrillo en la boca intentando decir algo ingenioso tras la tos. Tiré la ceniza, que cayó dentro y fuera del cenicero. Cogí el vaso de whisky. Lo moví, circularmente, necesitaba oír el clic, clic de los hielos. Me lo llevé a la nariz y bebí. No me gustó el sabor, tampoco el del tabaco, pero daba un toque especial, de artista.
Dejé que el cigarrillo se consumiese, que los hielos se deshicieran y me acerqué el portátil. Los dedos en el aire, como pianista al comienzo de un concierto. Estaba en tensión; demasiada tensión para una buena escritura. Le di dos sorbos al whisky. El nombre del personaje. Ricardo. Me gustaba, tenía fuerza. Ricardo Corazón de León. Ricardo III. 
Di a la «r»; una, dos, tres veces. Mantuve el dedo presionado. Las erres fueron uniéndose hasta llenar la pantalla. Las borré. Pensé en lo difícil que era escribir. Solo sentarse frente a una pantalla tan blanca atemorizaba; parecía que las palabras, las ideas, huyesen, como esas erres que ya había borrado.
Antes de retirar el ordenador y probar con el papel, di a la «r» y la guardé como documento. Me hizo gracia mi hazaña, que celebré con caladas al cigarrillo y un buen trago de whisky. Cogí folios y el bolígrafo negro. «Espalda recta, ojos al frente», me dije acordándome de la mili, «al objetivo». El objetivo era escribir algo, lo que fuese, aunque estuviera mal escrito. Sentir que a un sujeto sigue un verbo, que los complementos se van arrimando a la frase, que a una frase sigue otra, que hay armonía entre ellas, que van casi de la mano. Encendí un cigarrillo y contemplé el humo. Cuántas veces había soñado desaparecer de una manera tan elegante. Adquirir esa materia volátil.
Cómo empezar. Ricardo, a sus treintaicinco años. Horrible. Ricardo, hombre sincero y robusto. Hombre sincero y robusto. ¡Dios! Las taché. Los críticos lo reprobarían. Mientras pensaba en el argumento, dibujé erres; mayúsculas, minúsculas, alargadas. Cuando me cansé, arrugué la hoja y la tiré a la papelera. Hice una buena canasta. Apagué cigarrillo y portátil, y fui al baño.
Mientras me subía los pantalones, me vi en el espejo. Tenía más ojeras. Lo blanco de los ojos con venas rojas. Me dolía la garganta. Saqué la lengua; amarillenta. No quise seguir indagando.
Miré por la ventana del salón, mientras pensaba en la tontería que había hecho guardando un documento solo con la letra «r». Me reí. En el piso de enfrente, vi al viejo que hablaba dirigiéndose a un reloj de pared. Recordé que había imaginado que era viudo y que ese reloj antiguo sería un recuerdo de su mujer, como si ese objeto fuera la imagen personificada de ella. Me pregunté si hablaría todas las noches dirigiéndose a él. Quizá queden conversaciones pendientes, o le eche cosas en cara. Puede que le cuente lo que hace cada día, cómo va el país, algún cambio en el barrio, la ampliación del metro, la muerte de algún conocido. Si tienen hijos, le comentará cómo les va en el trabajo, con sus mujeres, cómo van creciendo los nietos.
El reloj de pared, pensé. Una abuela que se llevase mal con su nieta podría dejárselo en herencia. Este podría llegar en una caja de contrachapado, pintada de negro, que le recordase el féretro de su abuela. Símbolo: reloj de pared−abuela. Como símbolo podría meterse en muchas historias, menos macabras. Desde que le dejaron la «caja» la nieta no sale de casa y, aunque sabe lo que es, no se atreve a abrirla. El desenlace: la nieta puede quedarse velando al reloj, contándole todo el daño que le ha hecho. Muy parecido a Cinco horas con Mario. Descartar.
Se me ocurrió otra historia. Cogí mi cuaderno, me senté en el sillón y escribí: Un hombre está leyendo. Le molesta el ruido que hace el reloj de pared. Se le hace insoportable. Ese tictac repetitivo, monótono. Cuando no aguanta más lo tira al suelo, destrozándolo. Vuelve a leer. No puede concentrarse. Echa de menos ese ruido que antes le desesperaba. Levanta el reloj y coge los trozos, poniéndolos en su sitio. Las manillas marcan la hora en que se paró. Once menos cuarto. Se sienta frente a él y espera a que sea la hora.
Fui a mi estudio. No quería perder tiempo, tenía que escribir.
Estuve media hora escribiendo y borrando. Decidí dejarlo. Abrí el único archivo que tenía. La «r» parecía mirarme con altivez. Me surgió la idea para un relato. Un hombre escribe. Una hora, cuatro. En la pantalla, una «r». Sigue escribiendo. Las cinco, las siete. En la pantalla, una «r». Llega la noche. El cuello le duele, los músculos de los hombros tiran. Necesita un descanso pero sigue escribiendo. Mañana, mediodía, noche. Solo oye el ruido de sus dedos en las teclas de plástico. «La historia fluye», piensa y sonríe. En la pantalla, una «r». La mira, desafiante. «Levantarme, huir». Pero el hombre sigue; sigue escribiendo.

viernes, 26 de julio de 2013

PSIQUIÁTRICO


Abrí los ojos. Todo blanco. El blanco se extendía del techo a las paredes y llegaba hasta la cama a través de las sábanas. Noté un picor en uno de los brazos. La vía, que trataba de ocultarse tras los esparadrapos. Cerré los ojos; quería encontrar las imágenes, pero solo había negrura.
La puerta de la habitación se abrió. Una enfermera, me traía pastillas. Me preguntó qué tal estaba y le contesté con un «estupendamente» raro. «Es-tu-pen-da-men-te». El ritmo, la aceleración de las sílabas, que se repitieron decelerándose con un tono de burla. «Es-tu-pen-da-men-te». Luego resonaba en mi cabeza en un modo interrogativo que producía risa y el acento cambiaba de una a otra sílaba y con cada cambio el significado variaba. Y yo frente a la palabra dicha, como si la hubiera pronunciado otra persona, sacada de una conversación de la calle o de una escena de alguna película en blanco y negro.
Necesitaba ir al baño. ¡Qué coñazo! Con el suero a cuestas. Era un castigo, ese trozo de plástico que se agarraba al brazo. Parecía succionarme; quitar en vez de dar. Me levanté de la cama. Los músculos como si hubieran sido apaleados; me costaba moverlos sin que doliesen. Con la mano derecha agarré el suero por la barra de metal que lo sujetaba y fui arrastrando los pies hasta llegar al baño. Me bajé los pantalones con lentitud. Una imagen me vino a la mente. Una mujer se acercaba, parecía decirme algo al oído. Debía de ser gracioso porque no paraba de reírme. Sentí dolor, bajé los ojos y vi su mano enroscada en mi pene. Me echaba hacia atrás, dolía pero me reía; me hacía tanta gracia. Yo, contra la pared, sin calzoncillos, los pantalones en el suelo. De la mujer solo recordaba su pelo negro alborotado y unos labios carnosos de un rojo fuerte que se extendía por toda la cara. Seguía en el váter. Antes de subirme los pantalones del pijama, me fijé en el pene; estaba morado. Tiré de la cadena y cogí el suero. Al pasar por el espejo, el reflejo de mi cara me inmovilizó. Unos ojos saturados, como si lo visto se fuera derramando por los bordes y ya no pudieran o no quisieran ver más. Las cuencas de los ojos muy hundidas, las ojeras casi negras y unos pómulos hacia dentro, que resaltaban la mandíbula. Me alejé, arrastrando unos pies que parecían ir sobre raíles en una vía de tren abandonada. Fui hacia el otro lado de la cama. Dejé el suero a la derecha y me senté en el sillón negro. Miré el líquido incoloro. Me asaltó la imagen de una lavadora y mi cuerpo, diminuto, acurrucado, dentro. Y la lavadora daba vueltas y vueltas, y yo repetía los mismos movimientos, veía la misma ropa y un exterior tan irreal, tan alejado. En esta imagen alargaba la mano, como si quisiera tocar algo de ese exterior. ¿Saldré de aquí?, me preguntaba. Y una voz me contestaba que no, pero otra me decía, cuando te recuperes. Cerré los ojos apretando los párpados con fuerza; intentaba acallar las voces. Las voces se fueron alejando, pero ese «¿saldré?» zumbaba en mi mente.  

Llevaba un rato en el comedor. Miraba la comida. Trozos de carne grisácea, con grasa, y unas patatas fritas que parecían de cera; rígidas como cadáveres. Me fijé en los demás; tampoco comían. Las caras, nunca olvidaría esas caras. Los ojos, como si los hubiesen vaciado, recubriéndolos con una capa de cemento transparente; ya estaban seguros, allí nada podían temer. Y esas muecas histriónicas que simulaban sonrisas. Esas muecas me producían ganas de vomitar, como si en la pared de enfrente hubiera un espejo y constatase que yo también participaba en ese juego diabólico. Un toque en mi hombro derecho me recordó que estaba allí para comer. Contesté con un movimiento de cabeza y el tenedor se introdujo en la carne escarchada de una patata. Me vi trepando una pared. Después, mi cuerpo en el suelo. Encima del tejado un gato. Me daba rabia no acordarme bien de lo ocurrido, tener huecos. El plato de carne y patatas seguía allí, como si se burlara de mi suerte. Tengo que irme, me dije, pero ¿adónde?
Salí al pasillo. Lo recorrí de arriba abajo. Luego entré en una sala pequeña, al lado de los servicios. Había un hombre con barba sentado al borde de una silla, balanceándose como si acunase a un bebé. No hablaba. Ya me había fijado en él. Todas las tardes, a la misma hora en la misma silla. Si alguien se había sentado allí, pataleaba hasta que le dejasen su sitio. Me acordé de la mujer del mango de paraguas y el marco sin foto. Los llevaba siempre. En el comedor trataban en vano de guardárselos; comía con ellos sobre la falda.
Me fui de la sala. Pasé al lado de la escalera y un grupo de hombres y mujeres me pidieron tabaco. «Un cigarrillo, un cigarrillo». Manos, muchas manos. Grandes, pequeñas, oscuras, más claras. Ese agarrar y soltar. Las marcas del pasado. Lo que estaba escrito en esas manos. Me apoyé en la pared, cerré los ojos. Cuánta necesidad había allí de que les diesen; que les dieran y, cuánto más, mejor. ¿Soy yo así? Preferí no contestar y seguir caminando como si nada hubiese ocurrido. Me alejé, yendo hacia el otro extremo del pasillo. Al volver, algunos de ellos se apoyaban en las paredes con desesperación. Los veía como si fueran bolos esperando la inercia de una esfera que les hiciera caer; que la caída de uno provocase la del otro, y, aunque supieran lo que iba a ocurrirles, esperasen con indiferencia ese final.
Fui a mi cuarto, cerré la puerta y me senté en el sillón. Mi cabeza giraba. Las ideas iban y venían. Las imágenes, diapositivas de un viaje diabólico; un viaje en el que nunca pensé que participaría. «¡Dios mío, qué hago aquí!», dije mientras me cogía la cabeza entre las manos, apretando para que todo aquello muriera. Pero ahora los dementes daban vueltas alrededor, como perros sabuesos en busca de su presa. Unos ojos vacíos me miraban. Un hombre gritaba, «mi silla, mi silla». Manos, muchas manos intentando agarrarme. Y yo, apretaba con fuerza para que esas imágenes desaparecieran. Fuerte, cada vez más fuerte.