Su mecanismo se ríe de ti, de todos nosotros. Hay que terminar con ellos, nos están contaminando con sus minutos, nos adormecen con sus cuartos, las horas nos ahogan. Créeme, tú eres pequeño y sabes menos de la vida, yo ya he pasado por muchas dictaduras de esferas y manillas que ahora estarán oxidadas.
¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo!
¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo!
jueves, 27 de junio de 2013
EDITORIAL LETRALIA: "LETRAS ADOLESCENTES"
"Letras adolescentes es, así, el título de este libro conmemorativo dedicado a la adolescencia, y particularmente a la relación entre el adolescente y la literatura. En las páginas siguientes, 26 autores de 9 países firman textos que narran la aventura de la juventud desde diversos ángulos. Algunos recrean la revelación del amor y el sexo, otros denuncian situaciones de maltrato, otros diagnostican y describen las particulares maneras del adolescente y su posición ante el mundo de los adultos".Jorge Gómez Jiménez(editor).
lunes, 24 de junio de 2013
miércoles, 1 de mayo de 2013
ENTREVISTADA POR ENRIQUE ELOY DE NICOLÁS EN "HORIZONTE DE LETRAS"
«En este número tengo el placer de ofreceros una entrevista realizada a Eva María Medina, colaboradora asidua de nuestra revista. Sus respuestas son tremendamente reveladoras para todos aquellos autores que –a pesar de nuestra edad‒ nos consideramos noveles; pues nos hará ver y entender cómo es el día a día en el trabajo de un escritor –escritora en este caso‒ sea o no consagrado».
Enrique Eloy de Nicolás, director de la revista literaria HORIZONTE DE LETRAS.
lunes, 29 de abril de 2013
THE LADY OF SHALOTT
Sus ojos atraparon su pensamiento. Deseó huir con ella en ese barco y esperar a que se extinguiese la llama de la última vela que quedaba encendida. Sufrir tu dolor, pensó Elizabeth. Vivir con intensidad el momento que precede al olvido mismo; un instante de perpetuidad.
Los ojos del cuadro no pedían nada, pero ella sentía, al observarlos, formar parte de la historia, aunque supiese que aquella mujer no la necesitaba, que realizaría sola su viaje. Se oyó decirle: «No sueltes la cadena, no lo hagas, por favor, no lo hagas».
«Basado en el poema de Alfred Tennyson The Lady of Shalott», leía, «sobre la leyenda artúrica de Elaine of Astolat, que encerrada en una torre un hechizo la obliga a mirar el mundo a través de un espejo. Cuando Elaine ve a Lancelot se enamora, mira por la ventana y...» Tener el valor de mirar la vida de frente, sin reflejos falsos, mata, pensó Elizabeth. El paso de la inocencia a la madurez, mata. El paso del yo al tú, mata. Se acercó al cuadro; dos pájaros volaban cerca de la cadena que Elaine tenía agarrada. Juncos partidos, el rojo de la tela. En la proa, el crucifijo, tres velas y un candil casi apagado.
Unos cuantos pasos más, más atrás. Elizabeth miró esos ojos marrones, caídos, bajos, y la expresión de esa boca; desaliento sereno, resignado. El barco, los árboles, el ruido del agua, los pájaros y, antes de llegar a Camelot, la muerte.
Encontrar algo que le salve. Pero no se podía hacer nada, la vela que quedaba encendida se apagaría. La ventana, si no hubieras mirado…
La luz en un cuadro, en la pared de enfrente, le hizo acercarse. La luminosidad en los colores, las plantas, el cielo, en el pelaje de las ovejas, que le parecía tocarlo, ¿cómo lo habría logrado? Minucioso en las ramas, en los nervios de las hojas, que de tan perfectas se hacían irreales; un aura onírica, un sueño en el que se adentraba como personaje de la obra. Olía el mar, las ovejas, sus balidos. Algunas de ellas la miraban directamente a los ojos, haciéndole participar en la escena. «El prerrafaelismo», leyó, «tiene un solo principio, el de absoluta y obstinada veracidad en todo lo que hace, alcanzada gracias a trabajarlo todo, hasta el más mínimo detalle, del natural y solo del natural. Cada fondo de paisaje prerrafaelita se pinta hasta la última pincelada al aire libre, a partir del propio motivo». Lo consiguen, se dijo, ¿y la sensación de ensueño?
Ophelia también tenía algo de irreal, una capa traslúcida filtrándose en cada detalle; en los juncos, las ramas, las hojas. Elizabeth se detuvo en la boca de Ophelia, entreabierta, y esas manos, en espera de algo que nunca llegó. Sus ojos, vacíos, no veían; eran muerte en sí mismos. Quería oír el rumor de la corriente del río, oler las flores, pero nada de eso ocurría. Ophelia la abandonaba. Pronto, le dijo, soñarás tu sueño. Pronto, muy pronto, te unirás a Lady Shalott y juntas remontaréis la corriente.
Miró alrededor. Fragmentos de figuras y colores se mezclaban. Sintió que los brazos le pesaban mucho, como si fuesen péndulos que sujetaran unas manos engrandecidas. Pinchazos en los hombros, los músculos tirando. Continuar, debo continuar.
The Death of Chatterton. La muerte persiguiéndola. Ahora, un poeta. La curva de su brazo señala hacia el frasco, ya vacío, de veneno. El rostro de cera, su cuerpo, el pelo rojo, el baúl, papeles rotos; la belleza de una muerte prematura.
El punto de fuga, la ventana; esa ventana entreabierta que da a la ciudad. Elizabeth observó la cara de Chatterton; sosiego y algo de felicidad escapándose de los labios. La muerte como salvación.
De ese ático oscuro pasó a una sala abigarrada. En el centro, una mujer; los ojos abiertos, muy abiertos, y la boca en actitud de acogida, de entrega. «La mujer se levanta del regazo de su amante cuando su conciencia despierta. Mira por la ventana y esa mirada al exterior la salva».
Lo externo, se dijo Elizabeth, acoge o mata. Y mientras lo decía sintió una especie de trasformación. Como si el oculista le fuera cambiando de lentes; cada lente, un cuadro. El observarlos la enfrentaba a sí misma y aunque punzaba; seguir, avanzar.
Al fijarse en la serie Past and Present Elizabeth advirtió que los cuadros oscurecían. En el primero, de colores algo más vivos, el marido recibe una carta; su mujer le ha sido infiel. Pasan cinco años. Los otros dos lienzos reflejan una noche, quince días después de la muerte del padre. En uno, las hijas, en un dormitorio humilde, rezan por su madre; la mayor mira a la luna. En otro, la madre, con un niño en brazos, bajo un puente; los ojos sobre esa misma luna.
La última frase dando vueltas. «El espectador es el que decide si debe o no debe sentir compasión por ella». Como una lavadora cuando centrifuga Elizabeth dijo: «se ríen de nosotras, siempre lo han hecho».
Después de dos o tres cuadros, le atrajo uno color siena. Oyó música, en su interior, Beethoven, pero no se acordaba, hasta gritar: «Sonata para piano nº 14». El primer movimiento envolvía a La Pia de Tolomei. La música narrando. Una mujer rodeada de hiedra, mirada inerte, cabeza baja; un rostro que refleja desengaño. El marido la ha encerrado; después la envenenará. La mujer, pensó Elizabeth, con esa carga real, innata, de resignación. La música sigue sonando. Adagio sostenido.
Se sentó. Le dolía la cabeza. Demasiada pintura, se dijo. De pronto, surgieron las caras, agolpándose. La de Medea, la de Isabella, la de Proserpina. Elizabeth sentía que la culpabilizaban. Luego, las risas. Las manos de Medea intentando agarrarla. Ella, se encogía. Los ojos de Proserpina sobre los suyos. Las palabras de Isabella, «lo mataron». Ella, se encogía.
Se apretó las sienes hasta conseguir acallar las voces, alejar las imágenes. The Lady of Shalott, frente a ella. Lo miró. Sus ojos clavados en esa cara que le contaba, le contaba. Como una revelación, los rostros de los cuadros formaron una sola cara, la de Elaine. Todo imaginado, vivido en imágenes, en esa torre donde la realidad era sombra.
Se escuchó como si esa voz no fuese suya, como si viniera de siglos atrás, «que el morir solo sea el final, no el principio». Miró a Lady Shalott y le dijo: «Yo también estoy harta de sombras».
lunes, 1 de abril de 2013
SER EL OTRO
CLARICE LISPECTOR, La pasión según G.H.
Es una mujer corriente, pero hay algo en ella que me arrastra. Noto que mis ojos empiezan a escrutarla de arriba abajo, acercando y alejando el objetivo; acercándolo, alejándolo, acercándolo, alejándolo. Su chaqueta negra oculta un cuerpo consumido, nada atractivo. Pelo castaño, largo, separado por una línea central recta. Nariz aguileña, trozos de carne casi inexistentes moviendo su boca. ¿Es esto lo que busco? No, creo que no. Oigo el sonido del zoom acercándose a unos ojos que parpadean. ¡Su mirada, es su mirada! Que ha vuelto de un lugar árido, oscuro, frío, muy frío. Mis ojos se dirigen a ella, abstrayéndose del resto de realidad cercana. Un, dos, tres. Ya está, ya es mía.
La mujer de chaqueta negra y nariz aguileña grita. Sus ojos, de un azul muy claro, casi blanco, me acechan preguntándome qué ha pasado. No contesto y salgo.
Llego a otro andén. Ruido de raíles chirriantes. El tren estaciona. Se abren las puertas. El movimiento de la masa me introduce en el vagón.
Cuando el espacio se desahoga, me fijo en un chico que está de pie, agarrado a la barra metálica. Me atrae, algo me atrae. Me sujeto a la misma barra y me oigo: moreno, nariz chata; no, no es eso. Los ojos, la boca. Tampoco. Miro sus manos. Entonces surgen las imágenes, tiesas, arrítmicas, de unos dedos enguantados negros sobre otros marrones. La misma atmósfera pesada. Siento que mis dedos se mueven, intentando rozar los del chico. No me lo puedo quitar de la cabeza.
En la calle, lo veo hablando con un amigo. Me quedo detrás. Doy pasos cortos, miro con frecuencia el reloj y me apoyo en la pared.
Lo miro, examinando a modo de autopsia cada detalle, radiografiando su interior para extraer aquello que busco. Tenso los dedos, los aprieto, los estiro. Su figura dentro de mi pupila; ocupándola, haciéndose más grande; negra, cada vez más negra.
Un golpe seco. El chico yace en el suelo. Su amigo intenta reanimarlo. Gente alrededor. Corro, preguntándome qué le habré quitado. ¿Qué me atrajo de él? Subía las escaleras del metro deprisa, de dos en dos; esos dedos al agarrarse a la barra, los brazos, los músculos tensos…
Entro en un parque. Una niña salta, otros se columpian. Un niño, de unos cinco años, juega a la guerra con sus dedos. Lo observo. Se da cuenta y me sonríe. Le devuelvo la sonrisa y le enseño un papel y un lápiz que saco del bolsillo trasero del pantalón. Hago un dibujo. El niño se acerca y lo mira. Oigo: «columpios, mamá, yo, señor». Con los ojos humedecidos lo levanto, sentándolo en mis piernas. Trotes de caballo. El niño se ríe. Arriba abajo, arriba abajo. Viene una mujer que coge al pequeño, arropándolo en su pecho. «Degenerado. Aprovecharse así de un niño. Yo os encerraba a todos. Pervertido». No digo nada, solo bajo la cabeza. «Te lo tengo dicho, no te alejes ni juegues con extraños, menudo susto, y deja de berrear, me vas a dejar sorda».
Bajo la calle sonriendo. Me fijo en dos adolescentes. Se besan, caminan, se vuelven a besar, y entran en una cafetería. Los sigo.
Son como lapas, como no paren de besarse imposible averiguar lo que quiero. Me lo están poniendo difícil, ¡críos de mierda!
Me acerco a ellos.
−Perdonad que os moleste, ¿no tendréis un cigarro?
−No –dice él.
−No fumamos –dice ella.
−Mejor, mejor…
Vuelvo a la barra y los miro. La chica tiene algo, no es guapa pero tiene algo. Se me cae el café, que limpio con servilletas. Una voz me dice que son sus labios lo que deseo. Unos labios carnosos, grandes, con esa forma perfecta, como los pintó Rossetti. Capaces de las mayores desgracias. Te los voy a quitar princesa. Sudo. El sudor por la frente, las cejas. Son casi míos. Me pertenecen, ya son parte de mí. Un grito, la chica. Sus labios sangran. El camarero la atiende. El chico, paralizado. Ella continúa gritando. Salgo del bar sintiendo que algo me falta. ¡El pelo del chico! Lo quiero, esa melena rubia va a ser mía, ¡mía!
Cuando llego a casa me tumbo en el sofá. Me quedo dormido.
Al despertar siento un ligero temblor, que desecho estirando brazos y piernas. Voy al baño. Me echo agua en la cara, bebo del grifo y me miro al espejo. Llevo una peluca rubia, lentillas de un azul muy claro, mi boca, pintada de un rojo chillón corrido por los bordes, y unas hombreras debajo de la camiseta. La imagen me paraliza. Qué era aquello, ¿una broma?
Mientras pienso qué hacer, me fijo en una luz roja, intermitente, que sale del dormitorio. Retiro la cortina, escondiéndome detrás, y veo una furgoneta; con esa luz tan molesta. ¿La policía? El chico podría haber muerto, la mujer quedarse ciega, el niño sin alegría, los adolescentes…
Llaman a la puerta. La peluca, al suelo. Me quito las lentillas. Me limpio la boca con la mano y tiro las hombreras. Las ideas se me amontonan; las desecho.
Llego a la puerta con los oídos latiendo. Miro por la mirilla y pregunto. Me llaman por mi nombre. Dicen que abra. La policía, pienso. Corro. Me cogen antes de llegar a la escalera. «No he sido, yo no he sido», grito. Me dicen que ya lo saben.
«Pórtate bien», oigo, «y no te pondremos la camisa». Uno de ellos se sienta a mi lado. Es un hombre corriente, pero hay algo en él que me arrastra. Noto que mis ojos empiezan a escrutarlo de arriba abajo, acercando y alejando el objetivo; acercándolo, alejándolo, acercándolo, alejándolo. Su chaqueta y pantalones blancos...
miércoles, 20 de marzo de 2013
domingo, 27 de enero de 2013
De la realidad al delirio y viceversa-UIMP Santander 2009: Entrevista a Eva Medina Moreno y otros autores
De la realidad al delirio y viceversa-UIMP Santander 2009: Entrevista a Eva Medina Moreno y Jan Ugutz Zulizarreta http://revistalairademorfeo.net/index/?p=811
miércoles, 26 de diciembre de 2012
EL VEREDICTO
Scrooge se levanta con torpeza.
−Ebenezer Scrooge, la ciudad de Londres le acusa de los siguientes delitos: avaricia en primer grado y falta de caridad, también en primer grado. Se declara usted culpable o inocente.
−Inocente, señoría.
−Se inicia la vista. Proceda señor fiscal.
−Con la venia señoría, que suba al estrado el espíritu de la Navidad Presente.
El alguacil sostiene la Biblia.
−Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
−Sí, lo juro.
El fiscal empieza las preguntas.
−Espíritu de la Navidad Presente, ¿qué relación tuvo con el acusado?
−Le mostré cómo celebraban el día de Navidad distintas familias.
−Ahora me gustaría que prestase atención a los datos que tengo sobre la Navidad en la casa de Mr. Cratchit.
El espíritu asiente.
−Empezaré con la señora Cratchit. Su vestido, una bata con remiendos, con cintas de colores que no valdrían más de seis peniques. El traje del señor Cratchit muy zurcido, aunque limpio. Martha llegó tarde porque era aprendiz de modista y tenía que trabajar muchas horas seguidas. Tiny Tim llevaba una muleta pequeña y los miembros sostenidos por un aparato metálico. Los hermanos pequeños le ayudaron a sentarse. Todos colaboraron en algo. Peter preparó las patatas hervidas, Belinda puso la mesa, y los dos pequeños, con ayuda de Peter, fueron a por el pavo. Se lo comieron hasta dejar los huesos. El pavo les abrió el apetito; era demasiado pequeño para tantas personas con hambre atrasada. La madre fue a la cocina, a por el pudding. La familia estaba expectante. Aunque no era muy grande, lo ensalzaron. Después se reunieron alrededor de la lumbre. Brindaron con el ponche que el padre había hecho, deseándose Felices Pascuas. Estuvieron hablando. El padre comentó a Peter que tenía en perspectiva un trabajo para él, cinco chelines y seis peniques semanales. Espíritu de la Navidad Presente, ¿vio el acusado lo que he descrito?
−Sí.
−¿Se mencionó en algún momento al acusado?
−Mr. Cratchit alzó su vaso para brindar por él porque les había procurado la cena. La señora Cratchit no quiso beber a la salud de un hombre, según ella dijo, tan odioso, tan avaro, duro e insensible, como Mr. Scrooge, pero su esposo la convenció y todos brindaron por él.
El espectro va envejeciendo, sus cabellos son grises. El fiscal advierte el cambio pero no dice nada y sigue con sus preguntas.
−¿Por qué la señora Cratchit no quiso en un principio beber a la salud del jefe de su marido?
−Le hacía culpable de su pobreza, el sueldo de Mr. Cratchit era muy bajo.
Murmullos acallados por el golpe seco del mazo y por las palabras «silencio en la sala» del señor juez.
−No tengo más preguntas, señoría.
Toma la palabra el abogado defensor.
−Espíritu de la Navidad Presente, en ese viaje también visitaron la casa del sobrino del señor Scrooge. ¿Es verdad que el sobrino dijo que su tío era un individuo cómico, desagradable, y que ellos se beneficiarían de su riqueza?
−Sí.
−Sin embargo, el señor Scrooge no se enfadó al oír aquello, ¿no es así?
−Así es.
−¿Puede relatarnos cómo continuó la fiesta?
−Empezaron otro juego, el sobrino de Mr. Scrooge pensaba una cosa y los demás tenían que adivinarlo, haciendo preguntas que solo se pudieran contestar con un «sí» o un «no». El sobrino pensó en un animal desagradable, salvaje, que unas veces rugía y gruñía, y otras veces hablaba.
−¿Qué animal?
−El señor Scrooge.
−No tengo más preguntas, señoría.
−Se suspende la sesión durante dos horas −dice el juez−, se reanudará a las cinco.
Cinco de la tarde. El fiscal llama a su segundo testigo, el señor Cratchit.
−Señor Cratchit, ¿qué relación tenía con Mr. Scrooge?
−Era su empleado.
−¿Puede decirnos lo que hizo el señor Scrooge el mismo día del entierro de su socio el señor Marley?
−Unos señores fueron a verle y pasaron la tarde discutiendo.
−Señores del jurado −indica el fiscal−, ¿qué clase de persona está en condiciones de hacer negocios el día del entierro de un amigo?
−Protesto señoría −dice el abogado defensor−, al hacer ese comentario el fiscal presupone que el acusado estuvo negociando, cuando no está demostrado que fuera así.
−Se acepta −dice el juez−, que el comentario no conste en acta.
−¿Es verdad que el pasado 24 de diciembre entraron dos hombres recaudando fondos para los pobres y el acusado no contribuyó a la causa?
−Sí.
−Cuando uno de los recaudadores comentó a Mr. Scrooge que los pobres dijeron que preferían morirse a entrar en los centros de acogida estatales, al acusado le pareció que morirse era lo mejor que podían hacer porque de esa manera disminuiría el exceso de población. ¿No es cierto, señor Cratchit?
−Sí.
El fiscal se acerca a su mesa y coge un papel que muestra al juez. El juez lo aprueba.
−Mr. Cratchit, escuche con atención lo siguiente: «A todos los idiotas que van con el “¡Felices Pascuas!” en los labios los cocería en su propia sustancia y los enterraría con una vara de acebo atravesándoles el corazón. ¡Eso es!». ¿Me puede decir, señor Cratchit, quién dijo esas palabras?
−Mr. Srooge.
−No tengo más preguntas, señoría.
Una figura oscura se aproxima al estrado con paso lento, grave. Un manto negro le oculta cabeza, cara y cuerpo, dejando visible una de sus manos extendidas. Es el espíritu de la Navidad Futura, testigo de la defensa.
−Espíritu de la Navidad Futura −dice el abogado defensor−, ¿le pidió Mr. Scrooge que le guiara porque quería ser un hombre diferente y cambiar de vida?
Movimiento de la túnica negra. El espectro inclina la cabeza asintiendo.
−¿Reconoció Mr. Scroogre que su avaricia y dureza de corazón no le hicieron ningún bien, que honraría la Navidad durante todo el año, y que nunca iba a olvidar las lecciones de los tres espíritus?
Contracción del manto negro. El espectro asiente.
−No tengo más preguntas, señoría.
Último día del juicio. El fiscal se dirige al jurado. Comienza su alegato.
−Señores del jurado, hoy es un día importante porque al juzgar al señor Scrooge no sólo se juzga a una persona inmisericorde y avara, sino que al mismo tiempo se está juzgando a personas como él. El acusado ha demostrado ser culpable de todos los cargos que se le imputan. Desde las primeras hojas del cuento empieza a delinquir. El mismo día del entierro de su único amigo, el señor Marley, sí, el mismo día del entierro, en vez de estar apenado por su muerte, hace un buen negocio. Mr. Scrooge, un hombre avaro, cruel; un ser miserable, codicioso, sin sentimientos. Un hombre que no se conmovió por nada ni por nadie; ni por su empleado el señor Cratchit, ni por su sobrino, ni por los niños pobres que pedían en la calle. Tanta pobreza a su alrededor y él, preocupado por tener más y más. En sus manos está, señores del jurado, encerrarle para siempre o dejar libre a un hombre tan dañino y peligroso en una sociedad como la nuestra. Sé que tomarán la decisión adecuada.
El abogado defensor se acerca al jurado.
−Señores del jurado, qué bien hablamos de piedad, comprensión, tolerancia, pero que poco piadosos, comprensivos y tolerantes somos con los demás. Al juzgar al señor Scrooge debemos ser indulgentes, ahondar en su pasado, en las causas que le llevaron a ser lo que fue. Si no era generoso con él mismo, cómo lo iba a ser con los demás. Él era el que más sufría; no fue capaz de querer a nadie porque no se tenía el mínimo aprecio. No podemos sentir odio hacia él sino pena. Su sobrino pensó que los defectos de su tío llevaban su propio castigo. Sin embargo, ¿fue Mr. Scrooge el único culpable de su coraza? ¿Intentó alguien acercarse a él, atisbar ese abismo que se agrandaba y le consumía, impidiéndole ser libre? Porque si alguno de ustedes piensa que lo era, se equivocan; sus pensamientos, sus ideas, estaban encadenados con grilletes a una enseñanza austera, rígida, cruel. ¿Tuvo el señor Scrooge la culpa de que no le hubieran mostrado cariño ni amor en su entorno familiar? No, creo que no, y ahora es el momento en que se puede hacer justicia. Él ya nos demostró que había cambiado al final del cuento. Sé que aquí se le juzga por su vida anterior, pero agradecería que considerasen su arrepentimiento y rectificación de conducta. Sé que ustedes serán justos.
Han pasado cinco horas. Entran en la sala el señor Scrooge, su abogado y el fiscal. Luego, los miembros del jurado.
−En pie −dice el alguacil.
Todos se ponen de pie. Entra el juez.
−¡Siéntense! ¿Tienen ya el veredicto?
−Sí, señoría.
−¡Póngase en pie el acusado!
Scrooge se levanta despacio. Sus piernas tiemblan. Se agarra con fuerza a la mesa retorciendo unas manos ya viejas.
−Señores del jurado, consideran a Ebenezer Scrooge:
¿Inocente o Culpable?
viernes, 30 de noviembre de 2012
REDADA
Íbamos con palos a terminar con el ruido traidor. Vimos a un niño escondido detrás de los contenedores de basura, con un reloj pequeño en su mano.
−Dame el reloj −le dije.
−Es mío, yo lo encontré.
−Su mecanismo se ríe de ti, de todos nosotros. Hay que terminar con ellos, nos están contaminando con sus minutos, nos adormecen con sus cuartos, las horas nos ahogan. Créeme, tú eres pequeño y sabes menos de la vida, yo ya he pasado por muchas dictaduras de esferas y manillas que ahora estarán oxidadas.
−¡Libertad, libertad! −gritaban los aliados−. ¡Abajo los relojes, muerte a los relojes, muerte al tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo!
Mis manos se acercaron al niño, hacia sus manos, luego subieron al cuello. El niño gritaba. Rodeé su cuello con suavidad. Gritos más profundos. Las manos se desligaron de la mente, y ya no sabía si presionaba o no. La voz débil de su garganta infantil me contestó. No la escuché, seguí, seguí, hasta oír un cuerpo contra el suelo. Cogí el reloj, lo tiré, lo pisé, oyendo mi grito:
¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo!
sábado, 24 de noviembre de 2012
BLANCO SOBRE NEGRO
Tenía todo preparado. Los folios, a la izquierda. Bolígrafos, dos de cada color −rojo, azul y negro−, a mi derecha. El ordenador, en el centro. La silla, muy cerca de la mesa, con el cojín para los riñones, dos paquetes de cigarrillos y un vaso de whisky con hielos. Así me imaginaba la mesa de un escritor, aunque todo revuelto. Caótico.
Mezclé los bolígrafos con las hojas. Se cayeron folios y bolígrafos. Les di una patada. Escritor maldito, me dije con sonrisa diabólica. Encendí un cigarrillo, que saqué de uno de los paquetes de Marlboro que había comprado esa mañana. Imaginé que me entrevistaban, para El País o El Mundo, y puse posturas de gran intelectual; ahora con la mano izquierda, en la frente, apretando las sienes, ahora con el cigarrillo en la boca intentando decir algo ingenioso tras la tos. Tiré la ceniza, que cayó dentro y fuera del cenicero. Cogí el vaso de whisky. Lo moví, circularmente, necesitaba oír el clic, clic de los hielos. Me lo llevé a la nariz y bebí. No me gustó el sabor, tampoco el del tabaco, pero daba un toque especial, de artista.
Dejé que el cigarrillo se consumiese, que los hielos se deshicieran y me acerqué el portátil. Los dedos en el aire, como pianista al comienzo de un concierto. Estaba en tensión; demasiada tensión para una buena escritura. Le di dos sorbos al whisky. El nombre del personaje. Ricardo. Me gustaba, tenía fuerza. Ricardo Corazón de León. Ricardo III.
Di a la «r»; una, dos, tres veces. Mantuve el dedo presionado. Las erres fueron uniéndose hasta llenar la pantalla. Las borré. Pensé en lo difícil que era escribir. Solo sentarse frente a una pantalla tan blanca atemorizaba; parecía que las palabras, las ideas, huyesen, como esas erres que ya había borrado.
Antes de retirar el ordenador y probar con el papel, di a la «r» y la guardé como documento. Me hizo gracia mi hazaña, que celebré con caladas al cigarrillo y un buen trago de whisky. Cogí folios y el bolígrafo negro. «Espalda recta, ojos al frente», me dije acordándome de la mili, «al objetivo». El objetivo era escribir algo, lo que fuese, aunque estuviera mal escrito. Sentir que a un sujeto sigue un verbo, que los complementos se van arrimando a la frase, que a una frase sigue otra, que hay armonía entre ellas, que van casi de la mano. Encendí un cigarrillo y contemplé el humo. Cuántas veces había soñado desaparecer de una manera tan elegante. Adquirir esa materia volátil.
Cómo empezar. Ricardo, a sus treintaicinco años. Horrible. Ricardo, hombre sincero y robusto. Hombre sincero y robusto. ¡Dios! Las taché. Los críticos lo reprobarían. Mientras pensaba en el argumento, dibujé erres; mayúsculas, minúsculas, alargadas. Cuando me cansé, arrugué la hoja y la tiré a la papelera. Hice una buena canasta. Apagué cigarrillo y portátil, y fui al baño.
Mientras me subía los pantalones, me vi en el espejo. Tenía más ojeras. Lo blanco de los ojos con venas rojas. Me dolía la garganta. Saqué la lengua; amarillenta. No quise seguir indagando.
Fui al salón. Me dejé caer en el sofá. Puse los pies sobre la mesa, pensando que mañana, mañana empezaría la novela.
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